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Faction: Visita al Polígono Cobo Calleja

El autobús 471, procedente de Fuenlabrada, hace varias paradas en el Polígono Cobo Calleja. Siguiendo a tres jóvenes chinas, me apeo en la primera, en la avenida principal, que da nombre al polígono. La calle de Manuel Cobo Calleja corta perpendicularmente por la mitad las largas calles que forman las naves industriales del polígono. Estas calles, perfectamente simétricas, tienen una pendiente pronunciada. Parten de la carretera, a mano izquierda según entra el autobús, y se prolongan empinándose progresivamente hasta un modesto montículo lleno de hierbajos amarillentos que produce una sofocante sensación de calor. Las naves son, especialmente en la mitad derecha del polígono, construcciones uniformes, con un pequeño rectángulo que sobresale del cuadrilátero de la fachada. La sucesión de estas figuras y el desnivel del suelo provocan un efecto óptico que tiene algo de artístico. La parte central es de ladrillo rojo, la de abajo y la de arriba –incluido el rectángulo– están pintadas de un color amarillo claro y apagado, notablemente rebajado por el paso del tiempo. Rompen esta uniformidad los grandes y vistosos carteles con anuncios de algunos mayoristas chinos y la presencia de industrias –españolas- de aceros o barnizados, que por sus características deben de necesitar de otro tipo de construcción.

 

Enfilo una de las calles en dirección a la carretera, es decir, con el desnivel a favor. Son las once de la mañana y el sol cae implacable sobre el asfalto. A un lado y otro de la calle grandes letras chinas y españolas anuncian negocios de importación y exportación de toda clase de productos, invariablemente de venta al por mayor. Textil, bisutería, calzado, relojería, artesanía, electrónica, muebles, gafas, bolsos. Todo esto ofrecen los carteles rojos que cuelgan de una imponente nave de color gris metalizado. No dejan de pasar furgonetas, conducidas tanto por chinos como por españoles, siempre viejas, blancas y desvencijadas. A las puertas de un almacén un chino descamisado al volante de un torito intenta cargar un palé de cajas de cartón en la furgoneta de un español. Hace una maniobra brusca y el español, presumible cliente del chino que podemos suponer mayorista, le riñe paternalmente. Más por refugiarme del calor que por curiosidad –aquí parece todo visto enseguida–, decido entrar en una tienda de deportes. Digo tienda porque no se trata de un almacén. El suelo es de azulejos, hay aire acondicionado, escaparate, maniquíes, mostrador, dependienta. Está en Cobo Calleja, pero podría encontrarse en cualquier calle de Fuenlabrada o Madrid. En la entrada se informa de que sólo se vende al por mayor, y la dependienta, en precario castellano y poco atenta a mi interés, me lo confirma. Hay zapatillas, camisetas, pantalones y chándales con un anagrama con un lejano parecido al de Nike, y también bicicletas estáticas, cintas, pesas y palos de golf.

 

A la sombra de los almacenes bajo hasta la carretera, tuerzo a la izquierda y subo por otra de las calles. El panorama es el mismo: actividad silenciosa dentro de las naves, alguna furgoneta pasando a toda velocidad y unos pocos chinos caminando solos en dirección a su puesto de trabajo. Se ve también una magnífica tienda de flores, una de iluminación pulcra y ordenada y un restaurante chino, de nombre Jin Du. En toda la visita apenas sí he conseguido intercambiar dos palabras con los trabajadores chinos, y quizá en el restaurante pueda entablar conversación. De la puerta cuelgan anuncios escritos en chino. Parecen ofertas de trabajo y de pisos, y uno de ellos, a todo color, anuncia una fiesta en una discoteca. Aparentemente es un restaurante chino de los que conocemos: por su aspecto no complacerá a quien busque aquí la autenticidad. El interior, sin embargo, es mucho más austero, y por su disposición parece funcionar como self-service. Está vacío. Me siento en la barra, desde donde veo la puerta de la cocina. Allí se asoma un hombre vestido de blanco, que al percibir la presencia de un cliente ha interrumpido su trabajo. Sin saludarme, vuelve tras sus pasos, da una voz en chino y enseguida sale una mujer. Le pido una cocacola, me dice el precio con las manos y se retira. Después pasa una joven guapa y estilizada, coge algo de detrás de la barra y vuelve sobre sus pasos sin haberme dirigido la mirada. La indiferencia hacia mí es total, a pesar de que allí no deben entrar muchos españoles. Apuro el refresco leyendo El Mandarín y vuelvo a salir a la calle: tampoco aquí hay nada que hacer.

 

Sigo caminando hasta cruzar la calle de Manuel Cobo Calleja. En la parte de arriba la presencia española es mayor, aunque la china continúa siendo importante. En las paredes se pueden leer llamadas a la huelga de los sindicatos, sobre todo de la CNT. 35 horas en madera, que no te toquen lo que es tuyo, dicen algunas. Parece improbable que tengan algún efecto sobre los obcecados trabajadores chinos. Unos metros más arriba, en un estrecho pasillo al aire libre que une dos calles contiguas, dos chinos dormitan a la sombra tumbados sobre dos colchones. Un poco antes, otra pintada reivindica penosamente el poder blanco, con una cruz céltica debajo. No resulta fácil creérsela en un lugar de apabullante superioridad amarilla como este, pero por si acaso, a poca distancia alguien ha escrito esto: Los nacionales soys una mierda [sic]. 

 

 

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