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Disecciones: Judíos y chuletas

 

El antisemitismo es uno de los fenómenos más insólitos y duraderos de la historia, pues ninguna otra persecución contra un determinado colectivo ha sido tan minuciosa y se ha prolongado durante tantos siglos, prácticamente los mismos que tiene de existencia el pueblo judío. Otro rasgo curioso que atesora esta persecución afecta a los motivos esgrimidos para justificarla, que siempre han sido muy variados: religiosos, ideológicos, económicos, raciales, etc. Parece como si existiera una necesidad de reinventar móviles, adaptados al carácter de los tiempos, para odiar y perseguir a los judíos. Algunas voces con pretensión de ‘equidistancia’ conceden al propio pueblo semita una cierta responsabilidad sobre su carácter de chivo expiatorio: “si tanta gente los persigue, será por algo”, vienen a decir. Pero la historia de España demuestra lo equivocado de esta acusación, ya que en nuestro país, a pesar de que los hebreos no han existido oficialmente durante siglos, la judeofobia nunca ha desaparecido. La figura del judío ha seguido siendo despreciada tanto en la sociedad como en la cultura, hasta el punto de proyectarse su culpa sobre sus hipotéticos descendientes.

 

El caso más llamativo de antisemitismo dirigido contra los teóricos herederos de los judíos se ha dado en Mallorca con el colectivo de los chuetas, nombre que define a los descendientes de los últimos hebreos obligados a convertirse al cristianismo en 1435. El término, cuyo significado todavía se discute, fue acuñado oficialmente por primera vez en 1688, cuando aparece en documentos de la Inquisición con motivo de las últimas purgas de criptojudíos, saldadas con condenas a muerte. El odio contra los judíos (“la raza maldita que ha matado a Cristo”) en la sociedad mallorquina, dirigido sobre todo por las autoridades eclesiásticas, no fue saciado con la aniquilación o la conversión forzada, sino que la ‘culpa semita’ se proyectó más allá del fin del propio colectivo, concretamente sobre las personas que contaban con alguno de los 15 apellidos identificados como conversos: Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Piña, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola y Valls. Una serie de nombres abominados y objeto de una sistemática exclusión que ha durado siglos. La función expiatoria que han desempeñado las personas con alguno de estos apellidos es evidente: marginados en guetos de la sociedad de Palma y con la imposibilidad de acceder a los mismos derechos que sus conciudadanos, miles de personas fueron empujadas a vivir encerradas en una endogamia forzada. Si la pulsión excluyente es omnipresente en cualquier sociedad humana, ésta se refuerza cuando la comunidad vive en unos límites geográficos como son los de una isla, al multiplicarse el efecto (geográfico, psicológico y metafísico) de clausura y exterioridad. Esta circunstancia provoca que en una sociedad tan delimitada el enemigo interno sea más importante que el externo para mantener una férrea cohesión social, y es aquí donde juegan su papel tanto los judíos como los chuetas. Aunque a estos últimos no se los ha exterminado, como sí se hizo con muchos hebreos y conversos, el signo de la exclusión y el desprecio los ha marcado y definido.

 

Lo paradójico de esta persecución contra los chuetas es que se construyó sobre un sintomático fraude, el de los apellidos anatematizados por su identificación con el judaísmo. Varios apuntes cabe hacer para entender este asunto.

 

Primero: que, como ha sido ya demostrado, estos apellidos no son exclusivos de los descendientes de judíos, pues ya existían en el seno de la sociedad mallorquina en el momento de la conversión (algunos incluso en la peninsular). De hecho, el criterio que acostumbraba a seguir todo converso a la hora de escoger un apellido era el de no diferenciarse de la mayoría de la sociedad, utilizando nombres comunes (en la península, muchos conversos adoptaron apellidos tan españoles como García, López o Rodríguez). Por lo tanto, tener alguno de los 15 nombres no demuestra ni mucho menos una filiación hebrea.

Segundo: el número de apellidos que bautizaron ‘cristianamente’ a conversos fue mucho mayor, concretamente unos 276, nombres tan ordinarios en Mallorca como son los de Barceló, Bosch, Colom, Fiol, Garau, Massanet, Morro, Moyà, Mulet, Noguera, Rebassa, Riera, Ripoll, Rotger, Roig, Sastre o Sureda. Sin embargo, los sambenitos que representaban a estos apellidos y a muchos más fueron desapareciendo de su lugar de exposición y escarnio público, el antiguo convento de Santo Domingo, hasta que sólo quedaron como testimonio de los autos de fe de 1691 los famosos 15 estigmatizados. Se desconocen los entresijos que propiciaron esta espectacular criba, pero el motivo determinante sin duda fue el pánico que suscitaba ser alcanzado por la ‘mancha judía’. El libro La fe triunfante del jesuita padre Garau, de gran éxito en Mallorca, encauzó históricamente esta errónea identificación judeo-chueta.

 

Pero todavía queda un tercer punto que revela lo arbitrario de esta selección sacrificial, y es que los apellidos mallorquines que sí tienen un origen judío no aparecen en las listas de perseguidos ‘oficiales’. Me refiero a los Salom, Maimó, Jordà, Abraham, Vidal o Durán. Si el objeto del odio antisemita ya es de por sí algo reprobable, empeora las cosas que esa fobia se haya proyectado sobre personas que no tienen nada que ver con el demonizado ‘pueblo elegido’. Pero resulta que toda persecución sacrificial se alimenta sólo de sí misma, de la misma pulsión excluyente que la pone en marcha, de modo que los criterios que se establecen como justificación carecen de valor objetivo. El mecanismo persecutorio, inherente a toda colectividad (y que permite gestionar cualquier tipo de conflicto en dirección a soluciones sacrificiales y expiatorias), es lo decisivo en la identificación de un chivo expiatorio, y no las características (intercambiables) que pueda tener este último. De esta manera, la palabra ‘chueta’ ha servido en Mallorca para definir y establecer un antagonismo esencial, una diferencia que ha permitido apuntalar durante siglos la unanimidad social y religiosa frente al repudiado. Pero esta diferencia es arbitraria de contenido, pues su única finalidad es formal y sacrificial, consistente en purificar la propia identidad frente a un Otro culpabilizado.

 

La marginación de este colectivo y su persecución ha perdurado, bajo diferentes formas, hasta finales del siglo XX, momento en el que sobrevive exclusivamente en unos pocos reductos provincianos. La persecución ya ha alcanzado su fin y la integración de los chuetas en la sociedad mallorquina es plena. Pero es precisamente ahora, sin embargo, cuando el discurso sobre su identidad cultural se está revalorizando. Muchas personas que cuentan con alguno de los 15 apellidos antaño estigmatizados reivindican ahora orgullosamente su supuesta condición judía (es decir: asumen la tesis de sus perseguidores), exigiendo alguna reparación a tantos siglos de humillaciones. Como en otros casos parecidos, sólo cuando una persecución desaparece la resistencia a la misma se exaspera, pero ya de forma inútil. Es decir: una identidad sólo puede defenderse con garantías desde una posición de cierto desahogo, cuando esta reivindicación nace de un mínimo prestigio social. Cuando una víctima es percibida como tal por sus perseguidores es porque su hostigamiento ya ha dejado de ser efectivo. Y es que ser chueta en Mallorca hoy tiene más prestigio que nunca. Pero más allá de esta pretérita condición victimaria no hay nada que pueda hacernos pensar en una identidad cultural. El concepto ‘chueta’ no ha sido históricamente más que una categoría sacrificial, marcada y definida por la exclusión. Chueta era sólo quien los perseguidores decían que era, al margen de toda objetividad significativa. De esta manera, acabada la discriminación, el concepto ‘chueta’ desaparece con ella, pues no significa nada en una sociedad democrática y libre. Y es que no existe un verdadero contenido cultural, una literatura o una lengua específicamente chueta; no se puede hablar en este sentido de una identidad en los mismos términos en los que sí puede hacerse de una identidad judía, que cuenta con su lengua, su literatura, su religión, sus ritos. Reivindicar la condición cultural chueta en pleno siglo XXI es un absurdo, más todavía si se quiere identificar al chueta con el judío. Los chuetas, como ya se ha dicho, no tienen por qué descender necesariamente de los judíos conversos, e incluso en los casos en que sí exista esta conexión genealógica, el contacto con sus raíces culturales se perdió hace siglos, no dejando más que alguna huella epidérmica. La realidad es que los chuetas han sido tan católicos como el resto de los mallorquines, con lo que la codiciada filiación hebrea se desvanece. Los únicos rasgos que los asemejan con los judíos de la diáspora son la endogamia y la mentalidad de gueto, aspectos que no son más que consecuencia directa de su condición sacrificial, no existiendo en ellos ningún contenido cultural que pueda reivindicarse como diferente del conjunto de la sociedad mallorquina.

 

Conclusión: conseguir una ‘certificación de pureza’, tanto hebrea como cristiana, es metafísicamente imposible en

la sociedad mallorquina, caracterizada por la amalgama de orígenes. De la misma manera que ningún chueta puede garantizar que descienda de judíos (salvo que su genealogía personal lo verifique), tampoco ningún mallorquín no-chueta puede asegurar con certeza que no tenga origen hebreo. 

 

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