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Con acritud: El mundo de la cultura

01/01/2007

A los pocos días del estallido de la paz en la Terminal 4 de Barajas, Juan Cruz, a quien siempre imagino cubierto con un delantal, inquirió a algunos de los más conspicuos miembros del mundo de la cultura sobre las sensaciones que éstos experimentaron al conocer la noticia del atentado ejecutado por la ETA a finales de año. Una vez recabadas, Juan Cruz, a quien siempre imagino tocado con una linda cofia, se propuso pergeñar con tan precioso botín un sentido y urgente reportaje, el cual, bajo el despechado título de "La esperanza rota", aparecería finalmente en las páginas de EL PAÍ;S el 7 de enero de este año, domingo. Debo reconocer que me ha causado sorpresa la escasa repercusión que ha tenido, puesto que, a priori, el testimonio de gentes tan respetables y elevadas sobre un asunto como el terrorismo y sus adherencias políticas, no carece de interés. Es por ello por lo que voy a destacar en este artículo las opiniones allí reflejadas que me parezcan dignas de glosa y, sobre todo, de befa, a fin de animarles a ustedes, gentes de más profundas inquietudes, a que reparen en el reportaje de marras y lo desmenucen. No tiene desperdicio.

 

En una breve introducción, Juan Cruz, a quien siempre imagino como contrapunto masculino de Gracita Morales, pone sobre aviso al lector: lo que va a leer no son análisis más o menos sesudos sobre la cosa terrorista y sus causas, sino testimonio vivísimo de lo que “pasó por la cabeza” del escritor tal o el periodista cual; esto es, sentimientos, indignaciones, imprecaciones y demás secreciones del corazón socialdemócrata. Nada de reflexiones, pues. Dispuestos los testimonios en riguroso orden alfabético -¿o analfabético?-, esto es, de la A la Z –hago esta aclaración por si me leen los redactores del Avui-, abre fuego Bernardo Atxaga y da cierre Vargas Llosa. Entre medias, algunos vates, varios narradores, algún periodista y un portugués. Todos ellos nos cuentan qué se les pasó por la cabeza el fatídico día del atentado. Quede claro. Y ahora, como diría Alberti, acompáñeme, regocijado lector, que voy a enseñarle cómo es un sótano por dentro.

Bernardo Atxaga dice que ese día tuvo dos pensamientos y, además, en momentos distintos. Cuando aún ignoraba que sus paisanos habían asesinado a dos ecuatorianos, dice Atxaga que se le pasó por la cabeza que los escombros de Barajas quizá pudieran determinar un acelerón del proceso. Cuando supo que había dos víctimas, dice Atxaga que se le pasó por la cabeza que todo pinta muy feo. Feo. Bernardo Atxaga, escritor, asegura que “feo” es el adjetivo que se le pasó por la cabeza. No le vamos a recomendar que cambie de cabeza, pero sí que deje de utilizarla para escribir. Azorín medía la calidad de un escritor por los adjetivos empleados. Atxaga, sí, es la cantidad de escritor que cabe en el adjetivo “feo”. Ni más, ni menos.

 

Aseguraba Juan Benet –ustedes me reprocharán que tire de tanto nombrecito, pero es que de no hacerlo me tomarían por un chisgarabís- que no es extraño que un idiota redomado llegue a ser un buen poeta. No debía haber bebido ese día don Juan porque no le faltaba razón y ahí están Caballero Bonald y Á;ngel González para dársela. Ambos poetas nos cuentan qué les pasó por la cabeza ese día. Son la leche estos poetas. Por la cabeza de “Redicho de Jerez” desfilaron Aznar, Franco, la COPE y los Guerrilleros de Cristo Rey. Los Reyes Católicos no, pero porque no les avisaron. Por el cabezorro de Á;ngel González, en cambio, no apareció nada. Yo diría que desde la comparación de la Historia de España con la morcilla de su pueblo al bueno de Á;ngel González no se le ocurre nada, pues dice el asturiano que a las bombas hay que responder con mucho diálogo. ¡Qué cristianos son estos rojos! ¡Qué rápido ofrecen la otra mejilla!

 

A continuación, Muñoz Molina aporta un poco de sensatez e indignación verdadera. “Sentí eso: la humillación de un Estado que no ha sabido tener dignidad”. He aquí un claro ejemplo de que razón y sentimiento son perfectamente complementarios. Junto a la rabia por la muerte de dos criaturas y por la putrefacción ambiente del país, la contundencia expresiva con que Muñoz Molina describe la situación hace de su relato un testimonio imprescindible: “Toda la situación que ha precedido a este atentado me ha parecido vejatoria para la dignidad democrática del país.” Cuando dentro de cien años los españoles lean estas palabras, pensarán que no todo era estupidez y mansurronería en la España de hoy. Es un consuelo. Que el inevitable portugués destroza en seguida. Dice Saramago que esa mañana le despertó un sonido de cadenas arrastradas y vio, entre jirones de pesadilla o sueño, cómo el fantasma de la ETA danzaba macabramente entre piedras y nubes de humo.

 

Empero, una vez recobrado a sí mismo, la luz de la razón ahuyentó al fantasma etarra y descubrió al verdadero enemigo: “El PP debe aparcar sus obsesiones semánticas.¿Suspensión? ¿Ruptura?.” Menos negro que un portugués embozado pero más obtuso que un saramago indignado, el aprendiz de joyero y cuentista Juan Marsé cuenta que su primera reacción fue de sorpresa, pese a que él veía venir un atentado cualquier día de éstos, como quien ve venir la hostia del conductor temerario o la caída del niño coñazo. Además, añade el autor de La muchacha de las bragas de oro que él respeta mucho a las víctimas del terrorismo pero que de sus manifas emerge la España negra del franquismo. ¡Pues menos mal que las respetas, Juanito! Sí, un idiota redomado puede llegar a ser un novelista estimable.

 

Otros a los cuales se les pasaron muchas cosas por la cabeza y nos las cuentan en este reportaje que –insisto- es inapreciable: el filósofo Marina, intransitivo; Á;lvaro Pombo, desatado, quien grita ¡Hay que convencerlos! ¡No se puede bombardear Euskadi como se bombardea Irak!; alguna cómica; el hermano metafísico de Iñaki Gabilondo; eximios representantes de la Asociación de Amigos de la Subvención... Es curioso que en algunos testimonios el adjetivo atroz acompañe a las siglas del PP y no a las de la ETA. Como lo es que se hable de los “años peores de la ETA”. ¿Los ha habido mejores?

 

Al final, en una esquinita, Vargas Llosa, el listo de la clase, lanza una pregunta definitiva, implacable, en la que asoma cierta ironía amarga, y deshace el pavoroso espectáculo de senilidad y demagogia precedente: "¿Pero no había un proceso de paz?".

 

Yo no sé si en el franquismo la cultura era un páramo desolado, pero esto de ahora es más bien un campo de nabos o de melones. En fin. Siempre nos quedará Savater, aunque sus amigos ahora no le frecuenten.

 

 

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