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Los libros que nos cuentan: Lentos y eternos, como el verano

Resulta extraño y tierno al mismo tiempo que, una y otra vez, a la vuelta de cada año, se repita la misma sensación y el verano vuelva a ser ese tiempo casi suspendido, que parece que va a durar eternamente, aunque luego se pase sin sentir. O sintiendo, pero siempre muchísimo más rápido de lo que debería –para poder darnos cuenta, entre otras cosas, de lo que estamos sintiendo- y, desde luego, mucho más vertiginoso de lo que nos haría falta para acabar con la montaña de lecturas pendientes que hemos ido aparcando para este momento.

 

Me temo que es irremediable –al menos en mi caso– esa recurrente y hermosa fantasía de los veranos, la omnipotente sensación de que el tiempo va a estirarse hasta donde ya no es necesario medirlo y de que en él van a caber todos los libros que alguna vez nos gustaría haber leído. Y lo curioso es que la vuelta anual a la realidad de los sueños y lecturas incumplidas no la vuelva una fantasía catastrofista, quizás porque, con los años, vamos descubriendo en su magnífica contradicción ese poderoso placer, imposible en otra épocas de año, de poder ser lectores emperezados y disfrutar con lentitud y a capricho.

 

Y es que mi idea de las llamadas ‘lecturas de verano’ no se parece en nada a eso que los suplementos suelen apuntar como ‘refrescante’ y que, la mayor parte de las veces, quiere decir intrascendente, como si la temperatura y la banalidad sentimental estuvieran relacionadas. Tiene que ver, más bien, con ese tipo de lecturas que, propiciadas por una benéfica lasitud, consiguen arrastrarnos a ese tiempo suspendido entre la lentitud y la eternidad en el que podemos vislumbrar, como en los posos del café, las contingencias y promesas de lo caprichosamente vivido. Y serán las que, a la larga, nos recuerden ‘lo sentido aparentemente sin sentir’ en ese y muchos otros veranos de nuestro shakespeariano desconcierto.

 

La selección suele ser, pues, además de arbitraria, estrictamente personal. Sin embargo, como creo en aquello de las ‘afinidades electivas’ y en que a veces funciona, mencionaré algunas de las mías, por si alguien se anima. Si miro atrás, recuerdo, cómo no, el verano de Scott Fitzgerald; tanto Suave es la noche, como El gran Gatsby o Hermosos y malditos me arrastraron, de forma tan tempestuosa como consentida, a ese vértigo del sentimentalismo y su trágica belleza que sus personajes encarnan con implacable determinación, mientras me asomaban al descubrimiento de la frivolidad como arma necesaria contra las pasiones. Un poco antes, o quizás después, pero también como recuerdo imborrable de que en el poso de algunos libros está escrito todo aquello a lo que tú no sabes ponerle nombre, estaría Nabokov, no Lolita, que leí mucho después y he de confesar nunca conseguí que me conmoviera, sino Ada o el ardor, que, junto con su autobiografía, Habla memoria, constituyen un auténtico tratado, casi entomológico, riguroso y fascinante en sus contradicciones, como suele ser la propia vida cuando nos paramos a mirarla, de las pasiones y sentimientos y de cómo nos van conformando y deformando a lo largo del tiempo.

 

Mucho más reciente ha sido, en cambio, el descubrimiento de Iris Murdoch, una autora de la que Lumen está reeditando su obra completa y que, a día de hoy, cuando ya me creía escéptica y curada de ese tipo de arrebatamientos literarios, me provoca la quimérica pero irrenunciable pasión de querer vivir en una de sus novelas. Me quedaría sin dudarlo en El mar, el mar, dejándome mecer por esas olas que van convirtiendo en espuma los sentimientos de un director de teatro en declive, enfrentado a una revisión de su pasado, cuando rompen en las rocas de la presencia inevitable y el olvido también inevitable de las personas que, de un modo u otro, le han acompañado hasta entonces. Y desde luego, si pudiera, me gustaría vivir los veranos que vengan por delante con la excéntrica y sabia felicidad de los personajes de Amigos y amantes de Murdoch. Para este verano tengo El sueño de Bruno, que acaba de salir y habla, al parecer, de la vida, sombras y pasiones de un nonagenario. Confieso que sólo pensar que a esa edad se pueda tener vida y pasiones ya me resulta absolutamente seductor.

 

 

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