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Musofobia. Fragmentos para una novela(I)

01/01/2007

sábado, nidito.de.amor (21/mar/05/6:30) No es mi imaginación: hay un ratón en la casa. Ayer le pedí a coamante que si pretende abandonarme lo mate antes de irse porque yo les tengo fobia.

 

sábado, nidito.de.amor (21/mar/05/13:26) Por la mañana fui al mercado sobre ruedas de Crimea. Es el fin del invierno: las terrazas se llenan de gente, las mujeres se quitan los abrigos, los deportistas se atreven a correr en pantalón corto. Regresé por la orilla del canal del Ourcq, jalando mi carrito porta.verduras y pensando en la primavera que se avecina. Coamante no está en casa. No dejó dicho a dónde iba. El orden del día: escribir una cuartilla y cocinar arroz basmati. A mi coamante el arroz basmati le gusta con mucho jengibre.

 

sábado, nidito.de.amor (21/mar/05/15:32) Soy tempranero. Suelo despertar a las seis y media de la mañana, preparar té verde y sentarme a escribir. Diariamente escribo una cuartilla de una novela ubicada en el reino de Tailandia, cuyo narrador y personaje principal es una máquina bioelectrónica llamada BALZAC. La novela cuenta un futuro lejano en donde las computadoras no son fabricadas con partes electrónicas, como sucede hoy en día, sino con partes animales: hígados de cerdo, vesículas de perro, intestinos de ratón. Terminada la cuartilla, me dirijo a la cocina a tostar pan, picar fruta y preparar café con leche para que coamante desayune antes de irse a trabajar. Este viaje cotidiano, que despega en la bioelectrónica tailandesa para aterrizar, dos horas después, en la conyugalidad del yogur con fruta, podrá parecerle a usted, lector, disparatado. Para mí no lo es. El goteo diario de la rutina lo ha vuelto tan natural, tan necesario, que a veces el desayuno se nos alarga imaginando teléfonos tailandeses con forma de corazón de carnero, que palpitan en vez de hacer ring-ring. /

 

Ayer, blandiendo un cuchillo con mermelada, coamante me sugirió que incluyera zanahorias en el BALZAC. A mí la idea de una bioelectrónica vegetal me pareció completamente absurda. Se lo dije. Ella insistió. El desayuno terminó en pleito.

 

sábado, nidito.de.amor (21/mar/05/17:45) Al día de hoy llevo escritas ciento diez cuartillas del BALZAC. La retirada del invierno me permite al fin escribir con la ventana de la sala abierta. Los vecinos egipcios escuchan canciones de Om Kalsoum a todo volumen. La lengua árabe llena el patio interior del edificio. De la canción sólo identifico la palabra habibi, que quiere decir querida. / Ya son casi las seis y mi querida aún no aparece. Ella se lo pierde: el arroz basmati me quedó bueno.

 

domingo, nidito.de.amor (22/mar/05/14:46) Coamante regresó pasada la media noche, con los labios oscurecidos por el vino tinto. Le pregunté si tenía hambre, si quería que le calentara un plato de arroz, pero ella preparó café y dijo que necesitaba hablar conmigo. Nos citamos en la sala dentro de cinco minutos. / En La venganza de Charles Bovary, el novelista Gumucio explica que la novela es un género nupcial por excelencia, mientras que el cuento es un género más tórrido, un amor ardoroso con fecha de caducidad fija. En la novela lo importante es lo que sucederá más adelante, la promesa de seguir juntos a pesar de tropiezos gramaticales, caídas de verosimilitud e infidelidades al relato. La novela es un marido de largo aliento; el cuento un amante de aciertos verbales, final contundente y despedida al amanecer. / Cinco minutos después, coamante confesó que estaba pasando por una crisis, que necesitaba tiempo para pensar. Después se fue a dormir. Yo apagué las luces y me quedé a oscuras, imaginando el futuro en el sillón de la sala, ya no el de Tailandia sino el de esta primera persona del plural que conformamos. Perdí el sueño. Como no sabía qué hacer, me dediqué a contar ocurrencias de la palabra habibi en las canciones de Om Kalsoum hasta que los vecinos también se fueron a dormir. El insomnio me llevó al librero, donde elegí un libro a ciegas y lo abrí en cualquier página. Al encender la lámpara de lectura, las palabras de Gumucio aparecieron ante mis ojos y se confundieron con esas otras que coamante acababa de pronunciar. / Pasé el resto de la noche en la computadora, hurgando archivos viejos y separando todo aquello que pintara para cuento. Con las primeras luces del amanecer, un sonido extraño e insistente llamó mi atención hacia la alacena en donde guardamos el arroz basmati. La abrí. Una cola de ratón huyó aterrorizada. La fobia pegó un grito en mi interior, dio un salto y se quedó ahí, colgada de un escalofrío. Presa del pánico, corrí a la habitación, cerré la puerta con llave y me refugié bajo las cobijas.

 

Coamante dormía de espaldas; su respiración subía y bajaba con tranquilidad onírica, ajena a los peligros que acechaban nuestra cocina.

 

Tardé en dormirme. No soñé nada. Como en los últimos ciento diez días, el llamado de la novela sonó puntual a las seis y media de la mañana, pero una mano cuentista salió de las cobijas, apaciguó a tientas el reloj despertador, abrazó a su coamante y se abandonó al sueño, dejando a BALZAC varado en mitad de la página ciento once.

 

FRACTURA DOBLE

 

Presenté a Nadia en el taller y los ojos de todos cayeron como zopilotes sobre su cuerpo, aún a pesar de las muletas, aún a pesar del yeso. Alguien leyó un texto pero casi no lo criticaron, concentrados como estaban en la imaginaria labor de desnudarla. A mí la urgencia me venció y tuve que salir al baño. Cuando regresé ya revoloteaban en torno a ella mojando sus plumas ávidas en el tintero.

 

-No te agobies, nada más le vamos a firmar la férula.

 

Pero nunca falta el inspirado que se deja llevar por el lirismo. Ni el otro imbécil, el de la ocurrencia.

 

-Por qué no mejor le escribimos un cuento colectivo. Aquí, en esta parte hay espacio.

 

Nadia mira sus muletas con nostalgia, allá, arrinconadas. Ellos escriben y escriben sin parar, cada vez más arriba, más cerca del final del yeso.

 

La tarde ha caído. Han pedido pizzas. Han traído una bacinica. Han llamado a su madre para avisar que aquí se queda.
Ya está dormida, ya en el yeso no caben más metáforas. Entonces, el coordinador del taller se levanta y nos mira circunspecto, con voz ronca y un bat en la mano:

 

-Esto pinta pa novela. Le vamos a romper la otra.

 

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