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Los libros que nos cuentan: Cuentos de Navidad

Cuando llegan estas fechas navideñas a las que –confesémoslo- es difícil sustraerse, entre otras cosas por aquello de que ni te dejan ni te dejas, o lo que es lo mismo, no estás solo en el mundo ni quieres estarlo, no me acuerdo de Dickens y su famosísimo, y en mi opinión indigesto para un estómago sin anomalías funcionales ni sentimentales, Cuento de Navidad. Me acuerdo, en cambio, de Capote y sus Tres cuentos –Un recuerdo navideño, Una Navidad y El invitado del Día de Acción de Gracias-, que dibujan un paisaje más agridulce que edificante y donde lo fantástico, a diferencia del cuento de Dickens, funciona como forma de mostrarnos el carácter distorsionado y grotesco de la realidad. En realidad, y sobre todo, me acuerdo del último, El invitado. Se trata de uno de esos relatos, difíciles de encontrar, en el que los gestos –como ocurre en la vida muchas veces, sin que lo sepamos o queramos saberlo- son tan precisos como definitivos y sirven para mostrarnos, en este caso, esas zonas sobre, pero también contra, las que se construye una amistad.

 

Siempre me ha llamado la atención ese ‘contra’ que, abruptamente, nos rompe la necesidad de vivir descansados en el territorio de los buenos sentimientos. Es más, desde que lo leí, y entendí que sabemos más de alguien por sus ‘contras’ precisamente porque eso suele ser lo que todos evitamos contar, he ido buscando en la literatura esas grietas capaces de mostrarnos, para bien y para mal, contra qué vamos recorriendo y haciéndonos la vida.

 

Y, sin embargo, sé que intentar abrir grietas no es una vocación literaria muy gratificante cuando los demás se dedican a las ventanas y a las puestas del sol que se pueden ver por ellas. Por eso se agradecen más intentos como los de Teresa Aranguren y Mercedes Cebrián, que utilizan distintos buriles y técnicas con la misma intención de ser leales con la realidad, que es eso, como dice la cita que abre el libro de poemas de Mercedes, Mercado común, que, cuando tú dejas de creer en ella, no desaparece. Así, mientras Mercedes va haciendo emerger entre los sintagmas quebradizos de sus versos la confusión de una generación que no acaba de decidirse en el contra qué y a favor de qué vivir, porque quizás no sabe con qué deseo ni para qué tenerlo, Teresa Aranguren nos pone por delante en su libro de relatos Olivo roto: escenas de la ocupación, dedicado a la memoria y realidad resquebrajadas del pueblo palestino, cómo se aprende a vivir, y contra qué se sobrevive, cuando no se pueden tener deseos.

 

Lo que quiero decir, en definitiva, es que libros como los de Mercedes Cebrián y Teresa Aranguren tienen la honestidad de hablar de lo que no nos gusta oír. De que los cuentos de Navidad no existen. De que, en algunos lugares de este mundo, que también es nuestro, ni siquiera saben que sea Navidad.

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