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Faction: Manifestación de la oposición ecuatoguineana en Madrid

El 12 de marzo de 2005 es un día histórico para la oposición al régimen de Obiang Nguema Mbasogo. Por primera vez en mucho tiempo todos los partidos que se enfrentan al sátrapa tropical han dejado de lado sus inconsistentes diferencias para exigir la libertad de los presos políticos y el fin de la dictadura. La manifestación por la libertad y la democracia en Guinea Ecuatorial debe comenzar a las once, pero se retrasa media hora. No somos muchos. Quizá unos cincuenta. Plaza del Marqués de Salamanca -donde se entrega una copia del manifiesto redactado por los convocantes al Ministerio de Asuntos Exteriores de España-, José Ortega y Gasset y Claudio Coello 91, la Embajada ecuatoguineana en Madrid.

 

El acto empieza con gritos a favor de la libertad y la democracia y en contra del tirano. Asesino, ladrón, antropófago, hijo de puta. Los ánimos se calientan, e intentando agotar los calificativos para denigrar a Obiang Nguema, un joven fang totalmente desquiciado brama: ¡Obiang Nguema homosexual! El grito es recibido con risas por los manifestantes. Se respira un buen ambiente y reina una gran desorganización. Entre los manifestantes somos algunos blancos y muy pocas mujeres. Negras -o por lo menos, no blancas – sólo dos. Una de ellas, mulata, de gran belleza. Bajamos por Ortega y Gasset ocupando un carril del tráfico. Gritos y silbidos. Ha cogido el megáfono un hombre de unos cuarenta años, delgado, menudo, ágil. Viste con colores vivos -tonalidades verdes y amarillas– y lleva gafas y un sombrero marrón. No para de gritar. Tiene buena voz y un punto de maldad que es del agrado del público. Se trata de Justo Bolekia, líder del Movimiento para la Autodeterminación de la Isla de Bioko (MAIB), formación encuadrada en la coalición Demócratas por el Cambio (DECAM). Bolekia pertenece a la etnia bubi –se supone que este es un requisito mínimo para un independentista de Bioko catedrático de lengua francesa en la Universidad de Salamanca.

 

Yo bajo hablando con una señora de San Sebastián que he conocido nada más llegar. De unos cincuenta años, ha sido cooperante en Guinea Ecuatorial y cada verano trae a España niños para operarse. Hablamos de las pocas mujeres que hay. Más tarde se lo comentará a Bolekia, que le contestará que no es partidario de la paridad, que sus mujeres no han ido porque no han querido. Antes de llegar a Claudio Coello hablo con un hombre, blanco. Dice conocer bien Guinea y haber hecho negocios con un hijo de Obiang Nguema. Lo dice con un extraño orgullo, y acaba contando que el hijo del tirano le estafó (con esto parece quedar explicada su presencia en la manifestación). Cuando le pregunto con qué hijo de Obiang tenía tratos no sabe contestar y acaba cambiando de tema. Queda claro que al señor le gusta hacerse el importante. Esta actitud es muy corriente entre los españoles que tienen relación con Guinea. Suele ser gente que, por las razones que sea, no ha podido tener importancia en la vida política o económica de su país. Guinea es un país pequeño y en el que todo está por hacer, por lo que no es difícil arrimarse a los círculos de poder, tanto del gobierno –quizá un poco más difícil– como de la oposición. Es la política de un país insignificante, pero de un país, al fin y al cabo. Guinea les permite estar cerca de la alta política y se vuelven –si no lo eran ya – de una vanidad insoportable.

 

Bajamos hasta la embajada y paramos enfrente, detrás de la pancarta. La sujetan los políticos de los partidos convocantes, gente de sobra para que se sostenga. En Guinea hay un partido político para cada habitante. Este es uno de los grandes problemas de la oposición a Obiang Nguema: la fragmentación. EE suele decir que esto se explica por la gran ambición de los guineanos. Empiezan los gritos y las consignas. La embajada está cerrada y han retirado la bandera. El hombre del sombrero, Bolekia, vuelve a apoderarse del megáfono. La Policía Nacional vigila el edificio. Un joven negro indignado quiere entrar. Dice que le han negado el pasaporte y muestra una gran agresividad. Sus intenciones nada pacíficas hacen necesaria la intervención policial. Al final se soluciona. La policía actúa bien e insta a los organizadores a que le calmen. Lo hacen. Comienzan los discursos.

 

De los parlamentarios sólo conozco a Severo Moto, veterano líder opositor exiliado en Madrid, presidente del Partido del Progreso y del autodenominado Gobierno en el Exilio. Es seguramente el hombre con más peso en la oposición, pero su figura está muy desgastada por varias acusaciones de intentonas golpistas y su fuerte personalismo. Es un gran orador, un político a la antigua, más cómodo en la lucha retórica que en la gestión. En su habitual estilo solemne y grandilocuente, casi bíblico en lo que parece una influencia de sus años de seminarista, llama a continuar la lucha y pide ayuda a los “hermanos españoles”. Toma la palabra el segundo orador, a quien no conozco. Dice que la Comunidad Internacional no debe olvidarse de ninguna dictadura: todas las dictaduras son armas de destrucción masiva y todas practican el terrorismo contra su pueblo. Intervienen dos políticos más. Miguel Esón, del Gobierno en el Exilio, y –me dicen– Laurentino Esono, de Unión Popular. A Esón ya le había visto. Es alto y delgado y, como es habitual en los guineanos, viste elegantemente. Laurentino es un hombre corpulento, mulato, con los cabellos blancos. Lleva una gabardina de color crema muy claro, casi blanco. Habla más gente que no conozco, y después Severo vuelve a tomar el megáfono. Pide un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de la dictadura que el joven indignado que quería entrar en la embajada no respeta. Grita algo en fang y Moratinos dimisión. Los organizadores le piden calma y al final calla. El acto llega a su fin, y la periodista Rafi de la Torre, presentadora durante años de un programa sobre Guinea Ecuatorial en Radio Exterior de España, coge el megáfono. De la Torre -de aspecto físico descuidadísimo- lee el manifiesto con voz firme y clara. Los presentes aplauden y la multitud se disuelve mientras a pocos metros, en la misma calle Claudio Coello, unas jóvenes endomingadas se ríen relajadas de la gravedad solemne del grupo de negros. 

 

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