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Con acritud: A dedo

01/12/2006

Se habla mucho estos días, al hilo de las elecciones municipales de 2007, de la base, de la gente de la base, de la anónima y numerosa base de los partidos políticos. Resulta que con motivo de la elección de los candidatos, algunos ilustres políticos retirados y algunas lustrosas columnistas de todo a cien han denunciado el déficit democrático que, según ellos, desvirtúa la designación de los rostros visibles, de las voces cantantes de uno y otro partido, o sea del PP y del PSOE -los demás son sólo condimento-. El dedazo, famoso cuando Aznar, ha vuelto a ocupar mucho espacio en columnas e intervenciones varias por parecer un sistema de elección muy poco democrático. A mí, en cambio, tanto en términos de higiene democrática como de progresismo, me parece el proceder idóneo para dar solución al complicado asunto de la elección previa, y en absoluto considero que sea de recibo compararlo con ese invento falaz de las primarias. Pues hoy nada hay, en rigor, tan radicalmente incompatible con la democracia y con el progresismo como esa masa ingente a la que Umbral, siempre certero, llamara “la puta base”.

 

No debe el lector suspicaz opinarme de fascista encubierto o de elitista irónico. Nada me es más antipático que el argumentario a favor del Ancien Régime manejado por Sánchez Dragó, Ferlosio y otros reaccionarios estupendos. Si defiendo la existencia de castas políticas, de élites en las agrupaciones de cualquier signo ideológico, es precisamente por parecerme éstas un blindaje contra el fascismo, una manera de conectar la política y la sociedad civil, esto es, una manera de mantener abierta una vía que conecte los ámbitos de decisión de los partidos políticos con los intereses de los ciudadanos de a pie. Cualquiera que haya tenido cierta relación asidua con la denominada base, con eso a lo que dentro de tales partidos se denomina, significativamente, el censo, sabe cuán ajena a la sociedad civil, a las inquietudes de la gente corriente, es la masa que da soporte a los partidos políticos. Hablamos de personas educadas en el dogmatismo, en el maniqueísmo, en el seguidismo rebañiego. Un militante de base es un borrego. Un ser alienado. Unos brazos para pegar carteles y una boca para escupir al adversario. Entrados en el partido –cualquier partido- por los más variopintos intereses, las gentes que conforman la base, a grandes rasgos, son personas sin bagaje profesional relevante y con unas inquietudes personales que, en los más listos, elevan sus miras hasta un cargo notablemente remunerado, y en los más tontos, reducen sus personas a comparsa alegre y cerviz gacha al paso del jefe.

 

Si la sociedad civil es, en esencia, dinámica, cambiante, escurridiza, incontrolable, la base de los partidos políticos es todo lo contrario: estática, mortecina, fanática, domable. Es una mentira descarada que la base sea la voz de la sociedad civil en los partidos políticos. Y no tanto por la tendencia de sus dirigentes a acallar toda discrepancia, a invisibilizar a todo aquel que saca los pies del plato –que también- sino, sobre todo, por la propia naturaleza mansurrona y gregaria de los militantes. De todos los candidatos que concurren a unas elecciones, sólo aquellos que no cuentan con el beneplácito de la base son capaces de ilusionar a la sociedad civil o al menos de concitar su interés; aquellos, sí, que han sido elegidos por quien sabe que unas elecciones las decide el voto indeciso o reflexivo. Evidentemente, el elegido siempre suscitará desdén o desconfianza o incredulidad en el ganado que hace bulto en los mítines. Pero ése es su mejor aval ante unas elecciones, su mejor carta de presentación ante los votantes sin carné, que son mayoría.

 

Así pues, cuando Joaquín Leguina –siempre agradeceremos a la literatura que lo alejase de la política- o Elvira Lindo –siempre agradeceríamos a la política que la alejase de la literatura- claman demagógicamente por la participación activa de la base, de la gente de la base, de la anónima y numerosa base de los partidos políticos en la elección de los candidatos de turno, incurren sin saberlo en una doble contradicción: presumir capacidad de discernimiento en el rebaño e investirlo de una autoridad democrática de la que, ciertamente, siempre ha carecido. 

 

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