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El teatro, el crítico y el espectador: De repente cantan y bailan

 

El título de este artículo no es original. Procede de la película Sabrina y sus amores versión actualizada que Sydney Pollack hizo en 1995 de la Sabrina que dirigió Billy Wilder. A lo que iba, el multimillonario y presidente de industrias Larrabee, Linus Larrabee (Harrison Ford), uno de los protagonistas, quiere impresionar a Sabrina (Julia Ormond), la hija del chofer de la familia, para quitársela a su hermano David Larrabee de la cabeza. Amor con el que Sabrina ha estado fantaseando desde que era pequeña. Este posible amor entre Sabrina y David pondría en peligro una gran fusión con otra gran empresa, que, a su vez, depende de que David se case con la hija del dueño de esa gran empresa. A Linus no se le ocurre mejor manera de impresionarla y conseguir que se aparte de su hermano que invitarla a ver la obra de teatro para la que sea más difícil conseguir entradas. Cuando se las pide a su secretaria, esta le responde que posiblemente se trate de un musical. Ante la insistencia de Linus en que le consiga las entradas, su secretaria le responde, incrédula de que el adicto al trabajo Linus sepa a qué se está refiriendo, que un musical es una obra en la que de repente los actores se ponen a cantar y bailar.

 

No pude dejar de reírme un rato largo cuando escuche está definición realmente certera de las obras musicales que se pueden ver en cualquier gran ciudad que se precie de pertenecer a este mundo globalizado. De Nueva York a Moscú, de Londres a Buenos Aires, de Madrid a Pekín o Shangai, de París a México D.F. el musical, eso sí, traducido al idioma local, es el rey del teatro. El rey de la taquilla, para que me entiendan. Y ningún productor quiere perder esa tajada aunque el riesgo, económico, por supuesto, es alto. El artístico, nunca mejor dicho, es otro cantar. Broadway, en Nueva York, y el West End, de Londres, se han convertido así, en la fuente de los grandes musicales que triunfan en todo el mundo, creando una serie de franquicias que recuerdan a otras marcas globales como la de las carísimas cafeterías Starbucks, normalmente situadas muy cerca de un teatro que programa un musical, de tal manera que, a la salida, podría decir que está aquí como que está allá. Incluso hay críticos que comparan unas versiones con otras, lo que significa que, además de viajar, han visto la obra más de una vez interpretada por distintos actores y, posiblemente, en distintos idiomas. Uno no sabe si vieron todas estas versiones porque les gustaban o, porque como buen crítico, es necesario conocer y hablar del éxito teatral. De tal forma que, ver el último musical o el musical que pase lo que pase sigue en cartel, se convierte, una vez más, en una obligación para los amantes del teatro, como leer el último bestseller es una obligación para los amantes de los libros.

 

Si de las palabras anteriores deducen que no me gusta el musical, van dados. Si no, no podría decir que me gusta el teatro. Para que se hagan una idea, del reciente Festival de Otoño de 2006, no me perdí ninguna de las cuatro obras anunciadas como teatro musical y espero con verdadero interés el Mahogany de Brecht y Weill que, según rumores, esta temporada montará Mario Gas. Claro que para mí teatro musical es una ópera, una opereta, una zarzuela y otras muchas cosas difíciles de encuadrar en el imaginario colectivo como tales, sin olvidar todas esas obras que genéricamente se llaman musicales y, que según la sabiduría popular, entusiasman por igual a mujeres y gays, y aburren a hombres de pelo en pecho (no sé si de este último grupo se debe quitar o incluir a ese conjunto de homosexuales peludos conocidos como los osos).

 

En general, el musical ha sido denostado por la intelectualidad, incluido, muchas veces, lo que se considera un género mayor como es la ópera. No digamos nada de la zarzuela, tan frecuentemente asociada a la dictadura de Franco en España, o la falta de interés de los jóvenes chinos por, según ellos, la aburrida ópera china, tan lejana de lo occidental, que como espectáculo se empieza a reducir a una atracción para turistas. Incluso los amantes de la música encuentran este género teatral bastardo. Y es que, si no les he entendido mal, cualquier mediación más allá de los instrumentos, y de la voz tratada como un instrumento, distrae y predispone al espectador a una respuesta mecánica, reactiva, que si no se produce defrauda, antes que a nadie, al propio espectador, ávido, como está, de sucesos y sucedidos.

No podemos dejar de darles la razón en cierto sentido. Las óperas más apreciadas en la mayoría de los teatros, al igual que los musicales, son aquellos que unen las melodías e historias más o menos conocidas y convencionales a lo que habitualmente se entiende por un gran espectáculo. En general, para atraer a la cantidad de espectadores que hace falta para llenar los locales, sufragar gastos, y, si es posible, ganar (mucho) dinero, es necesario reducir las obras, no solo en sus contenidos, a un mínimo denominador común que pueda ser apreciado por cualquiera que se acerque a estos espectáculos. Y ese mínimo se presenta siempre acompañado de una técnica y tecnologías prodigiosas que lo mismo hacen volar a una mujer por encima del patio de butacas, caso de Mary Poppins, que nos traslada a las catacumbas de París, caso de El fantasma de la ópera, o a un cabaret berlinés poco antes de la Segunda Guerra Mundial, caso de Cabaret. Y este despliegue de técnica y tecnología justifica, casi siempre, el coste de la entrada, al menos hace que el espectador piense que merece la pena pagar los altos precios de las entradas, que no dejan de subir a medida que se promete un espectáculo más grande todavía, como ocurría en los años dorados del circo, dorados por la cantidad de entradas que se vendían para ver acróbatas, leones y payasos. Si no, de qué tanta gente iba a pagar en taquilla 200 dólares o más por una butaca en Broadway, que en la reventa, vaya usted a saber cuánto cuestan. Pero esto sí que aburre, me refiero al coste de las entradas y al más difícil todavía, en técnica y tecnología, en el que se hallan embarcados la mayor parte de los productores teatrales.

 

Cuenta Laurie Anderson en su último espectáculo The End of the Moon, teatro musical en toda regla, “[…] que la mejor manera de observar la cultura de nuestros días no es a través de un espectáculo multimedia, sino más directamente, con la herramienta más simple y aguda de las palabras.”. Y eso es lo que se echa de menos en el musical, una mejor manera de observar la cultura, la nuestra, a través de la palabra que se canta y se baila, y de la música que la acompaña. Pero ya saben, eso de vernos y entender cómo somos dicen que aburre, y ese mensaje de tanto repetirlo, ha dado pie a una cultura del entretenimiento que tiene como objetivo ocupar esos largos tiempos muertos de nuestro ocio, en los que morimos de tedio y de angst. Cultura ritualizada en los estrenos de cine de efectos especiales de cada fin de semana y en cada musical que llega al principio de temporada. Y, en este caso, es necesario que de repente canten y bailen, como en las películas estallan bombas o se oyen tiros o gritos de una manera fortuita, para sacarnos de ese sopor en el que nos encontramos. Pero esas canciones y esos bailes matan cualquier deseo de poesía, cualquier deseo de conocimiento, que no sea la cartelera teatral, dónde, cuándo y por cuánto puedo meterme el próximo musical.

 

Enlaces relacionados:

 

Festival de otoño de Madrid 2006

 

Página oficial de Laurie Anderson

 

Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz Berlín 

 

 

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