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Faction: Bucur Obor

Una mañana de febrero en Bucarest, magnífica, soleada, primaveral. El reloj del Círculo Militar decía a la una que dieciséis grados. El periódico esperando en el banco, agua para la resaca y a casa de Constantino. Vamos en su coche a Bucur Obor, el mayor mercado de la capital rumana. Dice Espada en su libro que Valencia es la ciudad más radicalmente antimelancólica que conoce. Se puede decir algo parecido de Constantino. Compra terrenos para una empresa española de construcción y acaba su carrera de INEF. Es un hombre que nunca posa ni se lamenta, y es fascinante como a medida que se le conoce se van descubriendo retazos de una vida nada aburrida. Todo sale, no hay la más mínima exhibición: el pueblo, Granada, una beca de atleta en Ohio, un negocio fallido en Londres, dos años ya en Bucarest y veranos en Grecia como un balcánico de siempre.

 

Nos metemos en el infernal tráfico y encendemos el caset. La ventanilla bajada, el aire en la cara atravesando los bulevares, la música alta. Siempre me ha parecido un placer cruzar las ciudades en coche. Los edificios históricos y las villas elegantes y decadentes dejan paso ya irremisiblemente a los bloques grises y monótonos de factura comunista. Cambia también la gente. La vieja Rumania, hombres y mujeres curtidos y bien abrigados con cualquier cosa esperan el tranvía o caminan cargando con sacos estampados a cuadros.

 

En el mercado de Obor la actividad es frenética. Puro balcán. Camiones y furgonetas descargando, hombres y mujeres haciendo la compra, dependientas malcaradas y groseras. Todo en un intenso olor a fruta casi podrida que con el sol y el ruido le da un aire tropical. Estamos comprando el vino y un señor desaliñado y huraño se queja con malos modos de que le han dado una moneda que no está en curso. De detrás del mostrador sale enseguida una voz de mujer desagradable y chillona que pregunta al cliente cuánto hace que no va a comprar y le grita que la próxima vez mande a su mujer. El hombre baja la cabeza aceptando la derrota y se marcha con la moneda mala. Da un poco de pena, pero es cierto que ya tiene edad para saber que con las mujeres no se juega en Rumanía.

 

Tenemos el vino y buscamos frutas. En el interior del mercado suena música tradicional rumana, y en las furgonetas que traen la mercancía, manele. Entre la legión de vendedoras viejas destaca una preciosa muchacha gitana, que grita precios y productos con la misma gracia que las más veteranas. Está todo comprado y vamos hacia el coche. A la salida del mercado hay una rudimentaria terraza cubierta por un toldo amarillo con publicidad de una marca de cerveza. Una mujer detrás de una barra fríe mici compulsivamente, y un hombre despacha las bebidas. En las precarias y sucias mesas de plástico viejos con gorro de astracán y expresión resignada beben cerveza y comen mici con mostaza, mientras los altavoces expulsan repetitivas melodías tradicionales.

 

Subimos al coche y emprendemos el camino a casa. El tráfico se ha puesto todavía más difícil, y en cada semáforo quedamos atrapados en un atasco. Constantino pone un CD de música de los noventa. Màquina de la cantaeta, le decían en mi pueblo, pastel o spaghetti son denominaciones más generales. Una voz de mujer pegadiza y sensual, el estribillo machacón y la explosión facilona y eufórica de la música. Estamos llegando a Universitate y siendo parte del monumental atasco siento como nunca la intensidad caótica de la ciudad. El tranvía atestado, la joya arquitectónica de la Iglesia Armenia cercada por un espectacular rascacielos de cristal, ejecutivos en mangas de camisa comiendo shaorma en un puesto de comida rápida, un viejo desamparado tirado entre mantas, dos deliciosas estudiantes de Liceo cogidas de la mano y a lo lejos en una villa el divertido y habitual letrero: Atentie. Câine rau! (Atención. ¡Perro malo!)

 

 

 

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