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Con acritud: ¡Tierra, trágalo!

01/02/2007

Esta mañana me refugié del frío y de la llovizna en una céntrica librería de Granada. Quizá sea, so pretexto del tiempo, una de mis aficiones más queridas ésta de pasar las horas paseando la mirada cansada por los estantes repletos de novedades antiguas y clásicos modernos. Nunca voy a una librería a tiro hecho. Cuando tengo interés en un libro concreto –por ejemplo, Los metales nocturnos, de Francisco Umbral- no me dirijo a una librería, sino que efectúo la compra a través de internet, que es más descansado y también un poco más caro, lo cual complace al niño de papá que siempre he sido. Uno se siente un poco superior al saber que el ejemplar de “Los metales nocturnos” que descansa en la mesilla de noche cuesta dos o tres euros más que el que tiene el vecino, que a lo mejor ni sabe quién es Umbral. Así, pues, cuando mis pasos dan en una librería es que uno anda buscando resguardo del calor o del frío, según la estación. Esta mañana, ya digo, del frío y de la llovizna. Mañana, quién lo sabe, que escribiría un diarista manzanedino.

 

Iba yo hojeando las novedades cuando reparé en un libro muy comentado últimamente en los círculos en que me muevo, “Hotel Tierra”, de un tal Sabino Méndez, o Menéndez, no recuerdo ahora. Llamó mi atención el título no por su originalidad sino porque, como digo, lo veo citado aquí y allá con harta frecuencia y elogios unánimes. Tomé un ejemplar del estante y me dirigí a una esquina del establecimiento donde acostumbro a leer de gratis muchos libros que no estoy seguro de comprar. Así, las novelas de Marías o los diarios de Arcadi Espada, por ejemplo. Uno es que es un poco puta. Distraídamente, con la cadena ser y la conversación consuetudinaria del librero y una madre horrenda de fondo, principié la lectura de “Hotel Tierra” por sus páginas finales, que es algo también muy de niño de papá.

 

El libro se articula como un vasto y desmitificador memorial de los años ochenta y noventa parcelado en anotaciones diarias o casi diarias. O sea, una suerte de diario largos años trabajado y facturado ahora como memorias de los mal llamados años, que son los años de la movida. De la movida no ha quedado nada culturalmente significativo y diríamos que casi tampoco vitalmente, pues la mayoría de sus héroes están enterrados u olvidados, según la venérea. Quiero decir con esto que las canciones de entonces hoy suenan a malas imitaciones de los viejos himnos británicos, y las películas o los poemas no suenan a nada porque nadie las ve o los lee y si no que se lo pregunten a Haro Ibars. En los ochenta los artistas españoles pretendieron implantar una estética generacional más propia de los setenta, pues que su generación, la de los ochenta, estaba haciendo un máster en Boston o pidiéndole el paro a Felipe, cosas muy poco inspiradoras pero que alimentaban más que la heroína. Todas estas cosas pensaba yo mientras fatigaba mis ojos por las páginas de “Hotel Tierra” hasta que una anotación alejó el fantasma del aburrimiento, tan dado a esconderse entre las páginas de autores españoles. Sabino Méndez, o Menéndez, no recuerdo, habla del día en que conoció a un tal Jordi Bernal, que no sabemos quién es ni qué méritos acredita, y escribe al respecto: “le conocí en la clase que coincidimos...”

 

Cerré el libro. Sabino Méndez, o Menéndez, no recuerdo, que a lo largo de las inanes páginas de este artefacto literario se presenta como celoso patrulla que ronda al castellano en la inhóspita Cataluña; que dedica a Faulkner o los poetas beats unos denuestos groseros apenas argumentados con opiniones más propias de libro de texto- dice que las novelas del granjero norteamericano no resisten la prueba prosódica patentada por Flaubert; a mí me da que Sabino piensa en el loro de Flaubert.; que presume de ser un portentoso filólogo, sólo igualado en pericia idiomática por el sobresaliente Bernal, que no sabemos quién es... Sabino, digo, decía, incurre en la avilantez de escribir “le conocí en la clase que coincidimos”, impropia incluso de un párvulo catalán. Pasmoso. Deprimente. Y luego piensa uno en las tres horas de castellano en las escuelas catalanas. Qué risa, tía felisa.

 

España es un país donde uno escribe “le conocí en la clase que coincidimos” y no sólo no te mandan a la escuela sino que una editorial publica el libro donde figura tamaño despropósito y a uno le aureolan como prosista acerado y valedero.

Por lo que tenía leído en entrevistas o en foros, Sabino Méndez, o Menéndez, no recuerdo, ha dedicado más de diez años a la escritura de “Hotel Tierra”. Más le hubiera valido opositar a notario.

Hastiado de tanta incompetencia, de tanta fatuidad, dejé el libro en el estante y salí a la calle buscando la lluvia purificadora. Pero ya había escampado.

 

 

 

 

 

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