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Disecciones: Víctimas de ETA y de la sociedad española

En la breve historia de la democracia española pocas cosas sorprenden tanto como la tibieza mostrada por nuestra sociedad ante el terrorismo de ETA y la falta de solidaridad con las víctimas de esta banda. En una situación de ataque sistemático por parte de los terroristas contra el nuevo sistema democrático inaugurado en 1978, los españoles han vivido en cierta manera de espaldas a esta realidad, siendo su compromiso con las víctimas escaso y minoritario, obligándolas a sobrevivir en el desprecio, totalmente desasistidas. Y es que para demasiada gente la violencia ejercida por ETA ha sido en realidad el síntoma de un problema político, y no el problema mismo. La prensa y gran parte de la intelectualidad española, en su condición de creadores de opinión, tienen una porción de culpa en esta situación de anomia moral. Esta falta de sensibilidad hacia las víctimas ha sido para ellas como una segunda muerte, y es por ello que su lucha se ha visto doblemente perjudicada, pues a los ataques infligidos por ETA se ha añadido la brega por el propio reconocimiento social, por salir de la invisibilidad a la que las condenó nuestra sociedad.

 

¿Por qué hasta 1997, 22 años después de la muerte de Franco, la mayoría de los españoles percibía los atentados de ETA con resignación flemática y no se manifestaba abiertamente a favor de las víctimas? Este desinterés llama más la atención si lo comparamos con la gran movilización que provocaron durante la Transición los asesinatos de la extrema derecha (como es el caso de los abogados laboralistas de Atocha), o el golpe del 23-F. En esos años ETA mataba más que nunca, pero eso no motivó ninguna reacción similar a las citadas[i]. La mentalidad sólo empezó a cambiar cuando la banda terrorista modificó el perfil de sus víctimas asesinando a su primer político, Gregorio Ordóñez [ii]; y la nueva dinámica se consolidó cuando Miguel Á;ngel Blanco fue secuestrado y ejecutado en un suceso que sacudió las conciencias adormecidas de todo el país[iii]. Hasta ese momento ETA había conseguido de la sociedad española una legitimación de facto gracias a la interiorización latente de que se vivía un ‘estado de guerra’ y no un ataque contra las libertades por parte de los criminales.

 

Como recuerda Patxo Unzueta, “el terrorismo mide su avance no tanto por las adhesiones que consigue como por las posiciones que abandonan los demócratas”. Mi tesis es que esta situación de anestesia moral sólo se transformó cuando las víctimas empezaron a ser personas que la sociedad española no percibía como culpables. Los militares y los policías de la España democrática llevaban sobre sus cabezas el signo de una culpabilidad heredada, una responsabilidad por la existencia del régimen de Franco. Sólo el asesinato de individuos en los que no se percibía ningún significado culpabilizador cambió las cosas, ocasionando una respuesta civil en contra del terrorismo y de sus objetivos políticos. Lo paradójico es que este grupo cuya muerte alteró la sensibilidad de los españoles, es decir, el formado por políticos, periodistas, jueces, etc., sólo representa al 4 % del total de las víctimas de ETA (hasta 2001)[iv]. Es decir, mientras ETA mataba a los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado, que representan el 58’5 % de las bajas, o a civiles (37’5 %)[v], la respuesta moral del pueblo español fue casi inexistente. La sociedad únicamente se movilizó cuando las víctimas escapaban a este perfil demonizado, tanto por ETA como por la propia sociedad española, dado que ambos han compartido el mismo criterio de culpabilización sacrificial. Las víctimas ‘inocentes’ son las asesinadas a partir de 1995, cuando ETA cambia de estrategia[vi]; y las ‘culpables’, las anteriores, con la excepción de los civiles, víctimas ‘colaterales’ del conflicto, las únicas que recibieron muestras de solidaridad, como es el recordado caso de Irene Villa. Los asesinados por el terrorismo etarra en España han sido de dos categorías opuestas: ‘buenas’ y ‘malas’, de ‘primera’ y de ‘segunda’, ‘demócratas’ y ‘franquistas’. La sociedad ha demostrado con creces que no reacciona de la misma manera contra toda violencia; lo hace sólo según el perfil de víctima escogido por los terroristas. Lo que esto revela es que las víctimas de ETA también lo han sido de la propia sociedad española, que hasta 1997 les dio mayoritariamente la espalda.

 

¿Por qué nuestro país se ha comportado de esta manera tan indigna? Si tenemos en cuenta que el lenguaje sociopolítico sobre el que se ha articulado la realidad contemporánea española es el ‘antifranquista’, no debemos olvidar lo que Albert Boadella denominó su “pecado original”, que consiste en no haber sido capaz de derrocar a Franco en vida, esperando que se muriera de viejo en la cama tras una larga agonía. Este tipo de episodios tan poco heroicos suelen ser disimulados en los relatos oficiales del antifranquismo, porque esta culpa originaria, nunca asumida como tal y desviada sobre convenientes chivos expiatorios, ha hecho mucho daño a nuestra democracia. Demasiadas veces se olvida que España fue un país mayoritariamente franquista hasta el último día de vida del dictador, lo que obligó posteriormente a determinados personajes con biografías discutibles a un severo lavado de cara (no tanto de conciencia)[vii]. Decididamente ha funcionado lo que Jean Améry llamó “la desobediencia retrospectiva”, es decir: inventarse una historia que no fue la real, proyectar en el presente determinadas sombras del pasado y, sobre todo, enfrentarse a una realidad democrática de una manera a la que pocos se atrevieron no hace tanto contra un estado dictatorial[viii]. Dicho ejemplo de lucha retrospectiva se plasma claramente en la retórica antifranquista, que paradójicamente se consolida ya en democracia, nunca durante la misma dictadura. Su discurso político-social sirve para describir una realidad que no es precisamente la contemporánea, sino la comprendida entre 1939 y 1975, y este desfase cognoscitivo que pretende tener una (falsa) voluntad compensatoria ha acabado generando una serie de distorsiones en nuestro tejido social y político que son las que nos permiten entender por qué la sociedad española no se enfrentó a ETA hasta 1997[ix]. Había una ‘mancha moral’ en la conciencia de la mayoría de españoles y esa mancha ha pretendido lavarse con la sangre de las víctimas.

 

Todo adversario[x] es un modelo del que siempre acabamos asimilando miméticamente, es decir, de forma inconsciente, algunos de sus rasgos, por lo general los más negativos. Una de esas características incorporadas del franquismo por sus enemigos retrospectivos consiste en la demonización semántica del oponente, aspecto éste que en democracia se ha articulado alrededor de la denominación “facha”, palabra insultante y excluyente que ya ha acabado perdiendo todo su significado original. Hoy día, ‘facha’ ya no se refiere al irredento reaccionario opuesto a la democracia y a cualquier tipo de modernización, sino simplemente a quien no simpatiza con una ideología standard de izquierdas[xi]. De la misma manera, el concepto “rojo” durante el franquismo tampoco se refería al marxista-leninista defensor de un proyecto revolucionario, sino a quienes simplemente no comulgaban con el nacionalcatolicismo oficial. En los dos casos podemos encontrar una misma voluntad persecutoria del que no respalda una forma determinada de entender el mundo. ‘Rojo’ y ‘facha’ no son más que conceptos de adhesión tribal que definen al círculo sectario por oposición a un Otro demonizado. La finalidad, en ambos casos, es alcanzar la unanimidad y la clausura del sentido”[xii].

 

España ha demostrado con creces ser un país con síntomas maníacodepresivos, que ha pasado sin apenas transición de estar entregado 40 años a una dictadura de extrema derecha a adoptar posturas radicalmente antagónicas poco después de aprobada la Constitución de 1978. Podemos intentar entender este problema enfocándolo como una cuestión de paradigmas: parece como si los españoles nos hubiéramos acostumbrado a vivir exclusivamente dentro de esquemas de pensamiento blindados y gregarios, de un programa totalizado que da respuesta a cualquier cuestión, lo que al cambiar el contexto político y social provoca el éxodo ideológico de millones de personas en un breve espacio de tiempo. A esta inestabilidad de pensamiento (que revela una falta de bagaje democrático), a nuestra dificultad para vivir con esquemas mentales abiertos y no clausurados, se debe nuestro desestructurante relativismo moral con respecto a todo lo que rodea al terrorismo de ETA. Otra de las consecuencias de este efecto pretendidamente compensatorio es la culpabilización a la que se ha sometido a la derecha democrática, considerándola como la heredera del franquismo. El Partido Popular es un partido tan criticable como cualquier otro, pero no es la extrema derecha[xiii]. Entre otras cosas se olvida que, mientras ETA ha matado infinitamente más en democracia que durante la dictadura[xiv], el PP precisamente ha sido el partido que cuenta con más miembros asesinados por la banda armada[xv]. Pero para el antifranquismo retrospectivo basta sólo con oponerse al PP y a otras supuestas “reliquias franquistas” para poder disfrutar del liberador carnet de presunto demócrata. Todo este delirio enfermizo de culpas desplazadas, agravios inventados y realidades manipuladas, nos ha llevado a tolerar una realidad, la galvanizada por ETA y el nacionalismo independentista, que ningún otro país democrático normal habría soportado durante tanto tiempo.

 

Otro aspecto instaurado en la sociedad española por la retórica antifranquista es la equidistancia, en cuyo seno se ha mantenido moralmente, siendo sus actitudes más acusadas la cesión y la renuncia. A las víctimas de ETA se las ha ninguneado durante lustros, y lo peor es que se las sigue atacando hoy en día sólo por ser víctimas. Su presencia incomoda, intranquiliza la buena conciencia de personas que han obtenido ésta a costa de vender su dignidad. Hasta hace bien poco las historias de las víctimas, incluso sus mismos rostros, eran invisibles en la prensa española, permanecían expulsadas del foco de atención; sobreviviendo en el olvido, eran sólo un número y padecían su condición vergonzante casi en la clandestinidad. Hoy en día, a pesar de la presencia y visibilidad que han conseguido gracias al ‘espíritu de Ermua’, todavía muchos sectores políticos y mediáticos les niegan protagonismo, con el peregrino argumento de que las víctimas no pueden ser agentes políticos, olvidando que ese derecho sí se lo conceden, de forma delatadora, a sus verdugos de ETA y Batasuna. No se trata de que las víctimas siempre tengan razón, no es eso; simplemente se trata de que puedan hacer oír su voz, la cual, en contra de lo que aseguran determinados sectores, no se caracteriza precisamente por la radicalidad, pues hay poco de radical y sí mucho de justo en exigir el fin de ETA sin cesiones políticas a cambio. Porque en este país de memoria tan frágil e interesada ya hemos olvidado, si es que alguna vez hemos llegado a ser conscientes de ello, que las víctimas de ETA son las únicas que nunca se han vengado de sus verdugos. Su ejemplo moral ha sido heroico, pero si se han visto obligadas a ser héroes es porque el resto de la sociedad las abandonó a su suerte. Mario Onaindía, antiguo miembro de ETAp-m, condenado a muerte en el famoso proceso de Burgos y convertido a la democracia tras su paso por la cárcel, era muy consciente del papel sacrificial que han desempeñado las víctimas del terrorismo: “las víctimas, sobre todo las fuerzas de orden público y los militares, han sido quienes han defendido nuestros derechos, interponiendo sus cuerpos entre las bombas asesinas y nosotros y nuestros derechos. Sólo del reconocimiento de ese sacrificio podremos construir entre todos una democracia fuerte y vigorosa por la que merezca la pena morir, porque merece la pena vivir”[xvi].

 

[i] Según datos aportados por Cristina Cuesta en su libro Contra el olvido, entre 1978 y 1980 ETA asesina a 239 personas. Los crímenes de la extrema derecha fueron mucho menores en números.
[ii] Otros políticos asesinados a finales de los 70 y principios de los 80, la mayoría de UCD, fueron tiroteados por ETAp-m.
[iii] De ahí lo que se conoció como ‘el espíritu de Ermua’.
[iv] Datos aportados por Ignacio Sánchez Cuenca, en su ETA contra el Estado (pág. 256), sobre un total de 825 víctimas.
[v] Recordemos que un gran número de víctimas civiles mantenían algún tipo de vínculo, sobre todo familiar o laboral, con las fuerzas de seguridad del Estado.
[vi] Estrategia fruto de la ponencia Oldartzen, que lanza el lema de la “socialización del sufrimiento”, es decir, el ataque a todo el tejido de la sociedad española, no sólo a las fuerzas de seguridad.
[vii] El caso más sangrante probablemente sea el de Juan Luis Cebrián, actual nº 2 del Grupo Prisa y Académico de la Lengua, que en su momento llegó a dirigir los informativos de la televisión de Franco.
[viii] Algo similar sucedió en la Alemania post-nazi, incapaz también de reconocer el peso de su culpa durante la dictadura de Hitler.
[ix] Por ejemplo, cierta deslegitimación del sistema actual, lo que favorece los intereses de ETA y de todo el nacionalismo independentista.
[x] La palabra ‘adversario’ es una de las posibles traducciones del término hebreo ‘Satán’. Satán es el seductor cuyas maneras imitamos cuando pretendemos enfrentarnos a él.
[xi] Tercermundista, propalestina, antiamericana, feminista, defensora de los nacionalismos, etc. 
[xii] Sobre la vocación totalitaria de la unanimidad me remito a mi artículo sobre Dogville, en esta misma revista (nº 4).
[xiii] España es uno de los pocos (si no el único) países de la Unión Europea en el que la extrema derecha carece de representación parlamentaria.
[xiv] Según datos recogidos por Cristina Cuesta, ETA asesina entre 1968 y 1978 ‘sólo’ a 72 personas; en cambio, entre 1978 y 1987, años ya plenamente democráticos en los que se aprobó la Constitución y el Estatuto de Gernika, las víctimas alcanzan la cifra de 526.
[xv] El segundo en este tétrico ranking es el PSOE, mientras que el resto de partidos no tienen a ningún miembro asesinado por ETA.
[xvi] Del artículo de Onaindía La cultura de la transición, incluido en el libro colectivo ¡Basta ya!Contra el nacionalismo obligatorio (Ed. Aguilar, 2003).

 

 

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