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Los libros que nos cuentan: En paz

Ando preguntándome estos días, justo cuando me toca entregar la sección, por qué tengo la sensación de que cada vez nos irritamos menos por todo. Ya digo, tengo esa sensación y puede que equivocada porque lo cierto es que los artículos pseudosociológicos que andan por ahí alarman de lo contrario, de que somos una sociedad cada día más crispada. Será cierto, no lo dudo, no me atrevo, entre otras cosas porque sé que lo que leen y escuchan miles de personas antes o después acaba convirtiéndose en verdad, aunque sea de ese tipo de verdades, en mi opinión, que crecen y se alimentan precisamente de eso, de que nadie las cuestiona.

 

Me ha venido esto a la cabeza al leer el libro de relatos de una joven francesa, Claire Castillon, publicado en una editorial que no conocía, Malabar. Me lo ha recomendado un amigo, diciéndome –uno más, pensé- que me iba a interesar, aunque la verdad es que, al ver que era un libro de relatos sobre las relaciones madre-hija, a pesar de que se trata –conviene aclararlo- de un amigo del que me fío, no pude evitar pensar que uff, otro más: más de lo mismo. Pero efectivamente: el libro, que tiene el desagradable e inquietante título –debería haber sido una pista, lo sé- de Insecto y que, en consecuencia, se dedica a analizar con la mirada desapasionada de un entomólogo un tipo de comportamientos extremos, degradantes, injustos, despiadadamente indiferentes y morbosos hasta lo enfermizo que, sin embargo, pueden darse, y a veces se dan, en las relaciones maternofiliales, me ha resultado además de sorprendente, enormemente tranquilizador.

 

Me ha sorprendido el libro de Claire Castillon, y, por cierto, me ha recordado a otra militante del descarnamiento sentimental, la italiana Simona Vinci, de quien hace unos años se publicó el implacable libro de relatos En todos los sentidos, como el amor, porque ese tipo de escritura da la impresión de estar, hoy por hoy, muy alejada de nuestras letras. De ahí, como decía al principio, que me pregunte por qué, entre nosotros, lectores y escritores, parezca haber algún tipo de pacto cómplice de no agresión ideológica ni sentimental, que nos lleva a preferir, unos y otros, las historias envueltas en balsámicos eufemismos o en las que asomen, cuanto antes mejor, los incuestionables buenos sentimientos y, si es posible, algún tipo de autoayuda o redención.

 

Y sin embargo, resulta curioso, los insectos no solo son los seres vivos más abundantes del planeta; también los que remontan su origen al principio de las cosas. Seguramente por eso el libro de Claire Castillon sea tranquilizador.

 

 

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