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Los libros que nos cuentan: Raros y curiosos*

Todos somos raros, decía una camiseta que compré hace algún tiempo. Me hizo gracia el eslogan, seguramente porque no calculé que, cuando las hubieran vendido todas, seríamos un montón de ‘raros de uniforme’, lo que, fuera de la novela de Huxley, resulta cuando menos sospechoso.

 

Me temo que ese es el destino de la mayor parte de los raros, al menos en el mundo literario: homogeneizarse y dejar de serlo. Eso, o intentar convertirse en lo que llaman un autor de culto, algo que, no nos engañemos, no es otra cosa que un eufemismo mercantil que esconde un uniforme en oferta.

Y es que, nos guste o no, hoy por hoy el mundo literario, como la mayor parte de los mundos posibles, ha dejado de ser un territorio por explorar y recorrer, para convertirse en el destino de unos viajes organizados de distinto calibre y condición. Y quizás por eso, el hecho de leer se haya convertido, en muchas ocasiones, en una actividad cómoda y gratificante, pero muy poco excitante, en la que parece que vas a alguna parte sólo para acabar por comprobar que los sitios son como en las postales.

 

De vez en cuando, sin embargo, escarbando en los catálogos y librerías, uno se encuentra con algunas propuestas auténticamente ‘raras y curiosas’. Las llamo así porque sus autores -que también lo son-, además de mantener la resistencia a ejercer de turoperadores, tienen la desconcertante pretensión de asomarnos a mundos que están fuera de los mapas conocidos para devolvernos el vértigo de una geografía imprevista. Extraña y fascinante resulta, por ejemplo, la que Irene Gracia levanta, con su mundo de autómatas inquietantemente reales, en El coleccionista de almas perdidas. Una inquietud mucho más familiar nos provoca, en cambio, la que Luis Magrinyà dibuja en sus Intrusos y huéspedes, insólita y escandalosa en su afán de sostener que se puede ser feliz en el desastre. Del mismo modo, y en la misma dirección de atentar contra los pronósticos con que nos domestican, resulta excéntrica y prometedora la cartografía que Lola Beccaria diseña en Mariposas en la nieve, un tierno cuento de terror y hadas contemporáneo para defender algo tan subversivo como emocionante: que levantar el vuelo no solo es necesario, sino también posible.

 

A donde quería llegar, a fin de cuentas, es a que, si uno se lo propone, de vez en cuando, ser un lector raro y curioso no sólo es necesario, sino también posible.

 

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