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Relato: Contigüidad de las series

A Julio Cortázar y a Brian de Palma

 

Despierta de pronto en la oscuridad, en mitad de la noche, le apremia la sed, vestigios viscosos en la garganta, persistente ardor de estómago, fuma en exceso, lo sabe, el médico se lo advierte en cada reconocimiento, debe dejarlo cuanto antes, acaba de salir sin embargo de un sueño erótico intenso, turbador, no recuerda en su integridad ese vívido aluvión de imágenes, tan sólo fragmentos furtivos, la esquiva comezón, también, entre los muslos desnudos, el conato de inflamación, se levanta con cuidado, no quiere despertar a su mujer, profundamente dormida a su lado, no acierta a decidir tampoco si ella aparecía o no en el sueño, está sudando, siente frío despojado de la sábana, estira un brazo en la oscuridad, alcanza la bata colgada del perchero, se la echa por encima, el grato contacto de la seda sobre la húmeda piel, mientras anuda el resbaladizo cinturón, lo reconforta momentáneamente, se dirige a la cocina, no enciende siquiera la luz, si sus ojos se deslumbran no logrará dormirse de nuevo, mañana le aguarda un delicado día de trabajo, necesita tener despejada la cabeza, la difusa irradiación del silencioso frigorífico le basta, la jarra grande está llena de un agua fresca, apetecible, finas rodajas de limón flotando en su superficie, atenciones de la asistenta, se alegra sin un claro motivo comprensible, todo parece hallarse en su sitio, a su gusto, se sirve un par de vasos consecutivos, los bebe con ansia, de pie, concretando algunos planes de actuación para mañana, entrevistas concertadas, consultas, llamadas telefónicas, una comprometedora reunión del consejo sobre todo, resuelve revisar, antes de volver a acostarse, ciertas cifras decisivas consignadas en la minuciosa agenda guardada en el maletín, se sirve otros dos vasos rebosantes, el agua se derrama, la jarra se vacía, los ingiere de inmediato, con fruición, oye algo, un rumor, un ruido, algo inusual a esa hora, dentro de la casa, devuelve el recipiente a la nevera, se golpea el vientre, suavemente, ha bebido mucho, dieta hidratante, se encamina hacia el salón, sin prisa, de ahí parecía provenir el sonido, la doble hoja de la puerta permanece abierta, la televisión está encendida, se extraña, sintonizada en un canal sin emisión, avanza cauteloso hacia el aparato, al fondo, no necesita encender las lámparas, conoce de sobra los múltiples escollos de la pieza, la grisácea luminosidad de la pantalla se proyecta sobre el estriado papel de las paredes, el oscuro barniz de los muebles, incluso los sucios cristales de la cerradas ventanas acogen ese tenue reflejo envolvente, como una capa inestable, superpuesta, uniforme, entonces un bulto corpulento, incoercible, se desliza en su entorno, intercepta su avance de repente, se abalanza sobre su grueso cuerpo, lo arrastra sin embargo al suelo, lo tumba la invencible inercia de esa masa caediza, su rápido atacante apesta a sudor agrio, toda su ropa hiede también, a vivienda escuálida, a mugre, a efluvios de cocina barata, ahora luchan en horizontal, repulsivamente abrazados, los dos adversarios tratan de inmovilizarse, de sujetarse mutuamente, durante el aparatoso forcejeo de piernas, de brazos, derriban violentamente una mesa lacada cargada de objetos ornamentales, confundida entre ese estrepitoso contingente precipitado al suelo, sucumbe también la valiosa estatuilla de porcelana adquirida hace años a precio de ganga en la subasta de una antigua colección, una pueblerina muchacha exultante, esbelta, desnuda, acoplada a una plumosa oca o a un cisne pequeño, se parece a su mujer, les dice siempre a los invitados, de más joven, una preciosidad, él encarnaría al agraciado animal en ese fantástico escenario conyugal, así se explica entonces, entienden, como una broma pedante, la estéril convivencia, la anormal ausencia de hijos, genotipos incompatibles, a pesar de la tenaz resistencia, afectado tal vez por el irreparable destrozo, encaja ahora una certera serie de puñetazos, en la sien, en los pómulos, en la mandíbula, los repetidos golpes lo aturden, este contrincante es fuerte, hábil, castiga ahora sus flancos, el resentido hígado, su rival goza de indiscutible ventaja en el arduo combate cuerpo a cuerpo, la aprovecha en su contra, recibe de improviso una contundente puñalada en el abultado vientre, todo parece pararse de pronto, cambia el ritmo de los movimientos, más pausado, casi se estanca cuando sus cuerpos antes trabados en el suelo, uno tras otro, se levantan, en ese decisivo momento agresor y agredido se miran por primera vez, desfigurados, exánimes antagonistas, se enfrentan ahora erguidos, sus enigmáticas miradas se cruzan sin comprenderse, sin comunicarse, inexpresivas, sólo se miran a los ojos mientras se alejan por fin uno de otro, repelidos, retroceden cada uno en una dirección distinta, opuesta, querría ahora intercambiar su aciago papel con el otro, conmutarle su intrigante identidad, le ha tocado la peor parte en esta pesadilla incomprensible, así es en efecto, se convence, despacio, dando tumbos, arriba a su dudoso destino, se derrumba en el mullido sofá, frente a la pantalla vacía del apartado aparato, se siente aplastado por un poder inicuo, víctima tal vez de un siniestro azar, desfallecido no puede siquiera gritar, suprimida la voz, sólo profiere barboteos cavernosos, como si un fluido espeso le atorara la tráquea, falto de fuerzas la voluntad de conseguir su objetivo vital le abandona poco a poco, sangra en abundancia, se le duermen las piernas, uno de sus párpados se abate sin voluntad, el desalmado cuchillo clavado en el vientre ratifica la invariabilidad de lo acaecido, cancela todo cambio de estado, imposibilita cualquier mutación, el mundo aparente cobra ahora una forma irreversible en torno a los labios de esa dolorosa perforación, el inconcebible narrador, todo se ralentiza aún más, las manos congregadas alrededor de la imperturbable empuñadura del arma, los dedos impregnados de la repugnante tibieza de la sangre derramada, sólo consiguen remover la temible cuchilla dentro de la herida, ahondar la lesión, sólo eso, nada mitiga sin embargo la desesperación de no alcanzarlo ahora, estira las piernas a ver si se le despabilan de una vez, no hay nadie en la casa, se lo aseguran al proponerle el trabajo dos días antes, están de viaje, información de confianza, mercancía de calidad, le proporcionan instrucciones generales, una bolsa con herramientas, un plano aproximado de cada planta de la vivienda, una furgoneta, acabar con los perros guardianes es tarea fácil, veneno adecuado, carne de primera, la gula canina consuma el resto, saltar la tapia, neutralizar la alarma, forzar la puerta de entrada, también, se adentra en la casa con sigilo, por carácter, por costumbre casi, no porque crea que hay alguien aguardando, todo está a oscuras, no se molesta en comprobar los conmutadores camuflados en el vestíbulo, si han desconectado la corriente eléctrica antes de irse no es su problema, en principio, el sólido mundo se le viene encima con todo su aplastante peso cuando entra en el salón, descubre la televisión encendida, sintonizada en un canal vacío, enfrente, encima de una mesa redonda, un cenicero lleno de colillas y ceniza, las huele, recientes, cambio de planes, se siente atrapado, mala información, una treta quizá para complicarle la vida, estropearle la libertad condicional, quitarlo una temporada de la circulación, todas estas posibilidades cruzan por su cabeza mientras hace un rápido inventario de lo que podrá llevarse sin esfuerzo, a toda prisa, cargarlo en la furgoneta aparcada cerca, oye pasos de zapatillas en el pasillo, puertas que se abren, se esconde, hace calor, alguien se asoma poco después a la puerta del salón, decide entrar sin encender las luces, el destello del televisor le basta para orientarse, no se mueve de su precario escondite, observa al otro mientras se aproxima sin prisa, no distingue su rostro, su experto oído reconoce en cambio el inconfundible siseo de la seda de calidad, extrae el cuchillo de monte del bolsillo lateral de la raída cazadora de piel, lo sostiene firmemente en su mano izquierda, el reflejo televisivo alarga la sombra de la afilada cuchilla, querría huir, soltar el arma, alejarse de allí a cualquier precio, encontrar a quien le tendió la maldita trampa, está preparado, aprieta la fría empuñadura de duro plástico y metal en la sudorosa palma de la mano, tiembla de pies a cabeza, su piel transpira bajo el exceso de ropa inadecuada, se precipita a ciegas, salta con fiereza, acomete al desarmado cuerpo que lo recibe con sorpresa, con pavor, caen al suelo enlazados, ahí se traban los dos cuerpos sin contemplaciones, uno arriba, otro abajo, se entreveran los miembros, combaten con ímpetu, extenuante forcejeo de músculos, arrasan todo el mobiliario que se pone a su destructivo alcance, durante la agotadora brega consigue mantener la supremacía, el otro muestra flaqueza a pesar de la palpable obesidad, casi asentimiento, paralizado quizá por el miedo, la imprevisión, el sofoco, la grasa sobrante, se crece, se sabe mucho más fuerte que este gordinflón perfumado, hace prevalecer su innato dominio, le sacude una estratégica tanda de puñetazos en zonas vulnerables, escogidas, prominentes, acierta con ello a desguarnecer aún más sus menoscabadas defensas, asesta de pronto una cuchillada inopinada donde halla una parte indefensa, desprotegida, se aparta de un grácil salto, a toda prisa, sin nada entre las manos, limpio, ahora permanece de pie, envalentonado, jadeando, asombro en la mirada acusadora que le dirige el otro mientras se tambalea al ponerse también de pie, malherido, empieza a retroceder, la delicada bata de seda desgarrada por la desigual pugna, el cinturón desceñido, el pene pueril, risible, expuesto vergonzosamente a la luz cenicienta difundida por la pantalla del incongruente televisor, todavía encendido, camina de espaldas, despacio, lejos de su mortífero alcance, la hoja brutal hundida aún en la sebosa panza, se desploma en el sofá, desangrándose, intenta gritar, ensaya el gesto, atiranta los músculos del cuello, en vano, sólo boquea, no puede hacer nada, aguarda, querría despertar de una vez, aparecer en otro sueño, el sueño de otro quizá, no estar allí, inmóvil frente a esa desvalida agonía, estira en cambio las piernas para sentarse más cómodamente, al despertar la mujer cree oír algo inquietante, extraños ruidos, desde el dormitorio, al fondo del pasillo, su marido no está junto a ella en la cama, falta la bata de seda del perchero, mira el reloj despertador sobre la mesilla, se levanta preocupada, la soledad, la hora, el miedo, la somnolencia la hacen delirar, no se halla del todo despierta, acalla sus medrosos balbuceos, va a la cocina, enciende el fluorescente, correlativos parpadeos de claridad y de oscuridad del tubo lumínico, entrevé el vaso vacío sobre la encimera, anchas marcas concéntricas de agua a su alrededor, transpiración de otro recipiente, probable proveedor, ve ahora la huella grasienta de unos labios ansiosos en el reborde del vaso, apaga la luz, sale de la cocina, la entornada abertura de la puerta del salón la atrae como imantada con su misteriosa luz electrónica, tampoco ella enciende las lámparas, también a ella parece bastarle la expandida luminosidad de la pantalla televisiva, la ve entrar en la estancia desde el invencible sofá, avanzar como sonámbula envuelta en el granuloso resplandor, vestida sólo con el transparente camisón de gasa, la ve dudar un instante, detenerse, vacilar sobre sus pasos inciertos, intuye que no sabe a dónde dirigirse con exactitud, otea a ambos lados de la sala, indecisa, comprueba el cierre de las ventanas, en efecto la reciente lluvia ha veteado de barro los cristales tornasolados, mira el jardín a oscuras, poblado de presencias vegetales agazapadas, trata de avisarla, no lo consigue, ella se sitúa ahora frente al televisor, toma el sofisticado mando a distancia entre sus manos, pulsa uno de los botones digitales, suprime la voz, regula el color, el brillo, cambia de canal varias veces consecutivas, no se detiene en ninguno, en principio no la atrae nada en ese descentrado flujo de imágenes triviales, anodinas, ella sabe lo que sucede, fue ella quien olvidó apagar la televisión, antes de acostarse, la había estado viendo hasta bien entrada la madrugada, sintoniza por fin un canal internacional, vía satélite, activa el sonido, máximo volumen, la emisión es en estéreo, la estruendosa mezcla de necios diálogos y música incidental lo ensordece todo de pronto, en vano intenta ahora que ella perciba en la alarmante anomalía de sus grandilocuentes gestos el peligro que la acecha, a su espalda, mientras retrocede, decidida ya a buscar en otra habitación, quizá en el jardín solitario, en las desoladas inmediaciones de la piscina, antes de que el filo dentado del cuchillo venatorio la sorprenda desde atrás, desgarre a su vez los frágiles tirantes del camisón, aviso imposible, ella se vuelve entonces sin aspavientos, sin apresurarse, dócil, disponible, mientras sacude su larga melena suelta, reluciente, una boca ávida la muerde en el cuello, la besa en la garganta, no se resiste en absoluto, unas manos masculinas la desnudan con violencia conocida, reclamada, le arrancan las escasas prendas que aún la cubren, los labios se besan entretanto con apasionada efusión, parece increíble, las fuertes manos acarician todo su cuerpo, cada glándula sensitiva, cada prominencia cómplice, cada rincón retráctil, recóndito, lo encuentran atractivo, deseable, la mujer se propone ahora, excitada, decidida, desabotonar ese pantalón demasiado ajustado, le exige que se lo quite enseguida, con urgencia, mordiéndose el labio inferior se arrodilla ante la irresistible bragueta, tirando con las dos manos hace descender la apretada prenda a lo largo de las caderas, los musculosos muslos, las pantorrillas, arrastra con ella los escuetos calzoncillos, descubre con fingido fervor el miembro tieso, palpitante, escurridizo, lo atrapa con suavidad entre sus manos, masajea desde la base ese largo aguijón fibroso, el glande enjoyado ahora con la minúscula perla de esperma, mientras mira incitante a los cegadores ojos de su feliz propietario, ya descamisado, lo olisquea antes de acercarlo a los labios fruncidos, lo introduce en repetidas ocasiones a través de esa ranura lubricada, dentro de su boca predispuesta, húmeda, lo ensaliva, lo devora, él amasa ahora en compensación la henchida plenitud de sus pechos, chupa con glotonería los pezones enhiestos, ella prosigue acariciando sus genitales con destreza, con mimo, después del estimulante interludio caen por fin abrazados, en un silencio denso de murmullos, de besos, de roces, sobre la profusa alfombra de piel de oso, él se abre paso entonces a través de su radiante anatomía, se recrea en el trayecto, hace paradas más o menos forzosas, recomendadas, la toma luego de las rodillas, le separa las piernas jugueteando, desliza la cabeza entre sus muslos, se encara al apetitoso sexo casi lampiño, la sonrosada trepidación de la vulva lo seduce, lo hipnotiza, comienza a sorber con fruición el carnoso cuerpecillo del clítoris, ella cierra los ojos, recuesta la cabeza hacia atrás, tensa al límite los músculos del cuello, contrae los párpados, arruga las cejas, abre aún más las piernas, a punto de derretirse, él lame con creciente ahínco, succiona con avidez enajenada, a continuación se sitúa encima de ella, cara a cara, los pantalones y los calzoncillos enrollados en los tobillos, ella adopta de inmediato una postura casi acrobática, los sudorosos muslos adosados a su costado, los talones clavados en los omóplatos, ella se balancea, como suspendida de un trapecio vertiginoso, se mece, él empuja su vigoroso pene desprovisto de preservativo al fondo de la acogedora vagina, se mueve encima durante unos momentos, con alucinado ímpetu, después ella se gira, la pícara punta de la lengua asomada entre los labios insinuantes, le ofrece las esféricas nalgas, la penetra ahora por detrás, como un poseso, por la boca dilatada del ano, con más fuerza circense si cabe, ella gimotea, él gruñe, acaban pronto, la acuciante premura de los primeros encuentros, todo se acelera entonces, en un soplo, la mujer está vestida de nuevo, enfundada por completo en un traje de cuero negro, brillante, se abrocha ahora la hebilla de una sandalia, se peina después el alborotado cabello, anuda sonriente un alegre pañuelo estampado alrededor de la cabeza, él se ha subido a toda velocidad los pantalones vaqueros, está acalorado, satisfecho, el sabor del peligro todavía le rezuma en la lengua, en los labios, con inusitada insistencia, prefiere apurarlo en silencio, sin comentarios, apenas termina de vestirse cuando la juiciosa conjetura de ella, tal vez quede alguien en el dormitorio principal, introduce un motivo de inquietud en su meditativo reposo, creía tenerlo todo bajo control, se encaminan entonces hacia ese otro cuarto, juntos, él delante, blandiendo el tan temido cuchillo, ella detrás, abrazándolo amorosamente por la cintura, las dos manos embutidas en los bolsillos delanteros de su desgastado pantalón, roces salaces a través de la áspera tela, risas, no puede hacer nada, sigue ahí, en el desdichado sofá, desangrándose, un párpado insólitamente abatido, demasiado lejos del teléfono, no podría arrastrarse hasta allí, avisar a la policía, al hospital, cada vez más débil, la voz estrangulada en la garganta, la pérdida de sangre afecta ya a su maltrecha actividad cerebral, cree haberlo visto todo, se engaña, empieza a delirar, cede el dominio de sus órganos a un mecanismo desconocido, maquinal, sin entender por qué, tararea mentalmente el tema de una antigua canción, una sintonía televisiva quizá, no recuerda el título del programa, son varias las canciones, las sintonías quizá, ahora las oye, con pasmosa nitidez, su emancipada memoria combina arbitrariamente las erradas notas de diversas melodías superfluas, como una gramola averiada, una estación radiofónica interferida por las demandas simultáneas de un montón de fanáticos nostálgicos, emisión imposible, eso es, sus músculos se aflojan con creciente amargura, siente su carne fofa, flácida, con resignación alivia la presión de las manos sobre la viscosa empuñadura, no sabe entonces cómo evitar lo que sucederá a continuación, desde lejos, fuera de su alcance, oye ahora también en estéreo el grito despavorido, escalofriante de su mujer, sorprendida por la ominosa intromisión mientras dormía plácidamente, el estrépito letal de la mesilla de noche al precipitarse al suelo durante la lucha los libros, la lámpara, el teléfono, los botes de píldoras, la radio, el reloj despertador, apenas si puede hacer otra cosa, agitarse en el sofá, frotarse contra el duro respaldo, acomodar de nuevo los cojines, sus desabastecidos miembros no responden como antes a sus impulsos más inmediatos, paralizados o simplemente entumecidos, incontrolables, regresa del dormitorio, decepcionado en cierta manera, lo oye acercarse por el pasillo, de vuelta, cada vez más próximo el inconfundible crujido de la cazadora de cuero, el chirrido de las suelas deportivas de goma sobre las enceradas losas de mármol, teme ahora que venga a rematarlo, se prepara, consigue extirparse por fin el cuchillo ensangrentado, con brusquedad, intenta blandirlo, se le resbala entre las manos, cae al suelo, ensucia con ese descuido involuntario la complicada trama de la alfombra bajo sus pies, se debate ya en el sintomático umbral del coma, todo acabará pronto, se dice, entra en el salón, enciende todas las luces, no hay nadie, como ya sabía, recoge el cuchillo del suelo, arrojado con rabia tras forzar un aparador cerrado con llave, falsa alarma, no hay nada que merezca la pena llevarse, parece mentira, ni siquiera el televisor, un viejo artilugio trasnochado, un armatoste obsoleto, sale de la casa por la puerta entreabierta de la entrada, cierra con suavidad, por carácter, por costumbre, no por precaución, sin prisa, se quita la bata, se siente mejor ahora, había olvidado una vez más apagar la televisión, su marido continúa durmiendo, no pretende despertarlo, tiene un sueño profundo, reparador, vuelve a acostarse, con sigilo femenino, pronto se queda dormida.

 

 

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