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Faction: En el pueblo

Son las seis y media de la tarde del sábado y hay poco que hacer en Atzeneta. Unas amenazadoras nubes negras hacen poco aconsejable pagar la entrada de la piscina, que hasta la llegada de las fiestas es la única oferta de ocio decente aquí. Voy con L, viejo amigo. Decidimos sentarnos en la terraza de LT, pintoresca taberna local. Llevamos todo el día juntos, no tenemos ya mucho que contarnos, pero el establecimiento está situado en el centro del pueblo y nos podremos entretener viendo pasar a la gente. No mucha, hay que decir. Sale M y nos atiende con su habitual eficacia y la sensualidad que la caracteriza. Una sensualidad que administra sabiamente: pocas veces demasiado generosa, jamás del todo cicatera. M es una de las cientos de camareras rumanas que hay en la provincia. Más guapa y simpática que la mayoría, tan solvente como todas. Rubia, de vivos ojos marrones, figura óptima, carnes vigorosas. Hace poco que lleva gafas, de cristales ligeramente ahumados. Le dan un cierto aire intelectual, que desmiente enseguida la contundencia brusca de su verbo. Debe de pasar por poco de la treintena. Dos tercios, serán. Y unas patatas bravas para L. Discretas, me dice después.

 

No pasa mucha gente y, aunque no hace sol, la sensación de bochorno es agobiante. V y D llegan en el coche de V. Aparcan mal, sobre el paso de cebra frente a la terraza. Es corriente en el pueblo a pesar de haber espacio de sobra. V, con su energía de siempre, trae animada conversación. Mundana, banal y llena de sentido común. Vuelve a salir M y le pedimos cuatro cervezas. Mientras, el flujo de viandantes ha aumentado. Vienen de todas las direcciones y se dirigen invariablemente a la iglesia. Cuando han pasado unos cuantos podemos asegurar que es la misa en memoria de C, fallecido todavía joven – no pasaría de los sesenta – hace un año. Era C un hombre relevante en Atzeneta, uno de los mayores y más brillantes temperamentos. Dirigió durante largo tiempo el coro del pueblo, y era un apasionado de la música clásica, el Madrid y Madrid. Acérrimo y cruel enemigo de la mediocridad, audaz hasta la inconsciencia en sus proyectos al frente de un coro modesto como el de aquí, imprevisible y siempre indiferente al juicio de la masa. Quizá lo más parecido a un genio que haya tenido en mucho tiempo el pueblo.

 

La tarde transcurre apacible. Pasa T: ya ha cerrado la piscina, deben de ser más de las ocho. V y D vuelven a casa. Nos quedamos L y yo; pronto llega A y se une a nosotros. Los dos viejos de la mesa de la entrada están dándose un imponente festín. Están sentados a la mesa mirando los platos. Ni siquiera levantan la cabeza cuando entra alguien en el bar. Les brillan los ojos mientras comen en silencio. El menú es contundente: panceta, salchichas, callos y caracoles. Lo riegan con el temible vino de la casa, acompañado de gaseosa. El recién llegado le encarga a M un bocadillo de salchichas. Al salir con el bocadillo, M adopta un magnífico aire maternal que correspondemos gustosos: ¡Cómo nos cuida M! ¡Qué haríamos sin M! Y ella ríe divertida mientras retira los cascos vacíos.

 

L está cansado y se va a casa a cenar. Me quedo con A. Llega T, dueño del bar. Es un hombre vago y orondo. Tiene esa gordura que acerca a los hombres a la solemnidad, si bien es lo único que lo hace solemne. Las cervezas hacen su efecto y es necesario entrar al baño.  Dentro, los viejos de la primera mesa ya han acabado de cenar y miran con deleite la televisión. Alguien les ha puesto como postre una película porno del Canal 18. Uno de los dos tiembla mientras sigue embelesado la actividad fornicatoria de la pantalla. A no puede reprimir una carcajada. M barre y sonríe de vez en cuando. T habla con un cliente tirado en su silla. Hace meses tuvo un grave accidente que le obligó a estar todo el tiempo sentado, y puso entre las incómodas sillas de madera del bar una especie de sillón con el asiento y el respaldo acolchados. La silla sigue ahí y se sienta en ella siempre que pasa por LT.

 

Son ya las nueve y A dice que tiene que irse. Le esperan unos amigos en Onda, donde debe acudir esta noche a una fiesta rave en el pantano. Para ello ha pedido a M una botella de vodka, que no se acuerda de pagar. Pero cuando ya ha subido a su furgoneta de cristales azules M sale de LT como una exhalación y, sin asomo de dulzura, le grita: tú, dónde vas, no has pagado la botella. A se disculpa, entra en el bar, abona el precio y marcha divertido en dirección a Onda. 

 

 

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