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El teatro, el crítico y el espectador: Escribir con cuerpos

Y dirán ustedes que qué les importa. Acabo de escuchar y de ver For Samuel Beckett composición musical del compositor Morton Feldman, interpretada por la Freyer Ensemble dirigida por Peter Rundel y montada por Achim Freyer. Y dirán ustedes que qué les importa. Hombre, alguna justificación tiene. Pero no la obvia. Es cierto que hace cien años que nació Beckett, el reconocido autor teatral irlandés que escribía en francés. Les puedo asegurar sin temor a equivocarme que su Esperando a Godot se está representando ahora mismo (o montándose para ser representada) en alguna parte del mundo, máxime ahora que se celebra este centenario.

 

No, lo que me interesa es otra cosa. Algo que aparece en el programa. Y es que el espectáculo se define como una “instalación teatral”. Paso a contar. Una orquesta en el escenario y detrás, en un plano superior, cinco actores vestidos de blanco con las cabezas sustituidas por formas geométricas – círculos, cuadrado (sí, un solo cuadrado) - que sujetan con la mano donde debía estar la cabeza. El fondo de este escenario superior es blanco. Durante todo el espectáculo se proyectarán una luz que irá variando a la vez que se producen mínimas alteraciones en la música. Esos hombres, o mujeres, descabezados, o con la cabeza sustituida, irán moviéndose de manera morosa, lenta, extraña, ya que sus cuerpos se nos aparecen como deformes debido a que tiene la cabeza cubierta por la camisa y las formas geométricas son grandes o pequeñas, desproporcionadas. Sí, aunque la denominación todavía me asombra que se siga utilizando en estos días, lo que el común de los mortales llama teatro de vanguardia o música de vanguardia. Hablar así de Beckett, de Feldman y de Freyer que ya son historia. Al menos, los dos primeros sí que ya han pasado a la historia.

 

Bien, se preguntarán que se entiende por “instalación musical”. Sigo leyendo en el programa: “una ‘composición gráfica’ [con actores] paralela a la música realizada”. Bueno, ¿qué me dicen? No, no se abalancen. “Gráfica”. Repito, “Gráfica”. No puedo dejar de pensar que lo que se hace con actores es escribir en un espacio, en este caso, en un espacio en blanco. No dejo de darle vueltas a esta idea. Usar el cuerpo humano para escribir, en este caso para escribir música. Una nueva grafía para un sonido ya escrito en la partitura y a su vez escrito en el espacio con una velocidad y un tiempo por los intérpretes musicales que se vuelve a escribir con un cuerpo humano, con unas luces, en el escenario.

 

Si la música es un homenaje y, como tal, una interpretación musical de la obra de Beckett, podemos llegar a pensar que la escenificación es, al fin y al cabo, una interpretación de la obra de Beckett. Una reescritura a partir de la música que lo (re)presenta. Un Beckett que, a la vez, es y no es un Beckett. Un Beckett hecho cuerpo.

 

Eso es lo que ofrece el teatro, musical o no, la corporeización de las palabras, los sonidos, los susurros, el silencio, los actos. A veces para contar algo. Otras veces para no contar nada, que también es contar algo. Así, con cuerpo, cuerpo real que se puede tocar, oír, herir y oler, se van escribiendo las historias teatrales. Y no es lo mismo, escribir con unos cuerpos que con otros. Entre los espectadores de esta obra se encontraba Esperanza Roy, si no son españoles y están leyendo este artículo, seguro que ni les suena. Vestida de Betty Boop con un traje rosa pálido con unas sandalias de tacón de aguja y plataforma, la oí hablar con sus acompañantes. Me extrañó que su voz no raspara y susurrara como la última vez que la vi y oí en teatro (no es de extrañar, aquí era una anónima, un espectador más). Fue en La Corte del Faraón de Emilio Lleó y montada por Emilio Sagi. Y entendí, entonces, lo que confirmo ahora. Un cuerpo (o varios) puede(n) llenar un teatro, darle forma, presencia. No hace falta que sea de vanguardia (más bien, es innecesario), pero sí que sea contemporáneo. ¿A alguien le extraña el interés de los artistas actuales por hacer corporales sus obras de arte?

 

Una mujer vieja, mayor, desnuda se sentaba sobre una montaña de no me acuerdo muy bien qué, en una exposición de las obras de Bob Wilson, director teatral, artista, diseñador y profesor en su Watermill Center. De aquella exposición, hace ya bastantes años, solo la recuerdo a ella, con su pelo blanco, limpio, liso, pero a la vez como si fuera indomable, casi inmóvil, quieta, con una pequeña animación, élan. No he podido olvidarla.

 

Más recuerdos. Estos más recientes. La ópera Diálogos de carmelitas de Poulenc dirigida en lo escénico por Robert Carsen para la Nederlandse Opera de Ámsterdam y el Teatro Real de Madrid. En el que fundamentalmente el espacio lo dibujan, lo escriben, los cuerpos. Esos cuerpos que son el pueblo que asiste a las discusiones aristocráticas igual que asisten a los fusilamientos. Ese pueblo corporizado que arrasa el escenario a su paso igual que lo limpia al tiempo que lo vacía. Esos cuerpos de monja que convierten el espacio vacío en un convento, en su capilla, en su cancela. Esos cuerpos que escriben la muerte en escena para darnos vida.

 

Y usted, ¿qué escritura corporal recuerda?

 

Enlaces relacionados:

 

FREYER ENSEMBLE

 

Fotografías de montajes teatrales de Archim Freyer

 

Página de Bob Wilson

 

Nederlandse Opera de Amsterdam

 

Diálogos de carmelitas en el Teatro Real

 

 

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