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Con acritud: El Kennedy español

01/09/2006

Irá la democracia por los treinta años o así, que a veces nos parecen treinta siglos de lo feúcha y achacosa que nos la pintan algunos moranes. En todo ese tiempo no encontramos un político que haya suscitado tantos odios ardientes y tantas adhesiones inquebrantables como José Luis Rodríguez Zapatero. Es por ello que yo le llamo el “Kennedy español”: por sintetizar un fenómeno político y mediático creciente, apasionante y rubio. Lo cierto es que , a poco que pensemos en ello, encontramos en el joven leonés y en su peripecia circunstancias y perfiles, voces y ámbitos que lo hermanan con el malogrado y mítico gobernante yanqui. Uno, puesto a la tarea de sistematizar, de ordenar tales concomitancias, recurre a cuatro categorías o claves sobre las que apoyar el paralelismo JFK/ZP: belleza; audacia; tragedia; dinastía.

Los ojos. Azules los de ambos Presidentes. Si el azul de los ojos de Kennedy era un azul brillante y rotundo, un azul cinematográfico, el azul de los ojos de Zapatero es un azul ambiguo e incierto, con crepúsculos grises o verdes que saltan de repente como un delfín en la quietud de la mirada penetrante, según el momento y según el interlocutor. Un azul, pues, inteligente, consciente, astuto. Borges diría “azulino.” Y un azul cuya indefinición desconcertante es compensada por la sonrisa. Kennedy era más bien flemático. Zapatero, siempre sonriente, va un poco más allá de la flema: la sonrisa como arma. Unas veces fina línea de labios; otras, fulgor blanquísimo de dientes – “dientes, dientes, tú saca los dientes, que es lo que les jode” le dice nuestra amada Pantoja al Pantojo cuando enfrentan a los periodistas. Efectivamente, es muy español el uso de la sonrisa, escueta o decidida, según, para desarmar al contrario y herirlo de muerte. Creo que éstos son los rasgos más llamativos de ZP/JFK. Podría señalarse también la común caída de hombros, enfermiza en el caso de Kennedy, emocional en el caso de Zapatero, hombre tímido pese a su apariencia desinhibida y poco amigo de protocolos y de trajes. Lo suyo es el desenfado. O el pelo, rubio pajizo el del leonés, rubio destellante el del useño. El rubio de Zapatero tira a castaño, oro sucio. Es un rubio también incierto e inefable. Todo en el leonés, sí, es misterio. Enigma.

 

Audacia. Zapatero, como Kennedy en los sesenta, tiene buen oído para la música que suena en la calle, en cada plaza y en cada barrio. Es Zapatero un político de ambiciones más domésticas que mundiales, lo que le distingue tanto de Felipe González como de José María Aznar, en quienes el tirón internacional ha sido y es muy fuerte. Kennedy también era muy cosmopolita pero, al mismo tiempo, procuró adecentar la casa propia y puso empeño en que los negros compartieran pupitre con los pecosos blanquitos lechosos e hizo de la lucha por los derechos civiles un banderín de enganche de liberalismo norteamericano, que se corresponde con la socialdemocracia europea. Zapatero no le ha ido a la zaga y le ha dado voz y derechos a minorías muy maltratadas históricamente en nuestro país. Ello, a costa de enervar a la Iglesia Católica, lo cual duplica su mérito, pues es evidente que todo aquello que irrita sobremanera a nuestros curas y monjas ha de ser, por fuerza, bueno para todos los españoles.

 

Kennedy venía de una familia influyente, presente en las esferas del poder político y económico. Zapatero es también político de raza, de sangre. Ilustra su estirpe un abuelo épico y afrancesado que fue fusilado por la horda fascista y que, como los abuelos de Macondo, le espera todas las noches en un banco de piedra que hay en las traseras de Moncloa para charlar un rato e inspirarle políticas, memorias y otras audacias. Casados ambos con elegantes y etéreas mujeres, que les dan un toque glamouroso y como aterciopelado a los dos políticos, Zapatero es, sin embargo, más hogareño que Kennedy, a quien le dan fama de seductor y lujurioso. Nuestro Presidente no tiene a Marilyn esperándole en la habitación de al lado, cierto, pero es que Sonsoles es mucho más guapa y mucho más fina que aquella ordinaria camarera operada. Y canta mejor. Pero lo que a mí más me interesa de esta semejanza familiar entre ZP y JFK es la línea dinástica que a ambos príncipes postmodernos les traza su descendencia: truncada trágicamente en el caso del norteamericano, pero no del todo agotada; preñada de futuro y confianza la del joven príncipe leonés, padre de dos niñas hermosísimas crecidas en un bosque de nacionalidades, regiones y proyectos de paz habitado por duendes, una bruja, pepiños y un misterioso alquimista paciente de nombre Alfredo. “La gente de izquierdas nos preocupamos por los pobres y la gente de derechas sólo de sí mismos, ¿no, papá?" le soltó una tarde la niña, Maquiavelo con trenzas, en el jardín de Moncloa, bajo un magnolio. Todo un aviso a navegantes.

 

La tragedia. A Kennedy una bala le trizó el cráneo y lo mandó al otro barrio cuando era aún una joven promesa de paz y progreso. Hoy sabemos que en muchas de sus políticas estaba incubado el virus de la mentira y de la corrupción. De cumplir dos mandatos, quizá hubiera pasado a la Historia como el responsable del ridículo de Bahía Cochinos. Murió a tiempo de perpetuarse como mito del siglo XX. La muerte nos lo arrebató pronto, pero le concedió la inmortalidad del cinemascope. A José Luis Rodríguez Zapatero, hombre sortudo, la tragedia no le tocó directamente, pero una mochila bomba y un ministro de interior torpe y mentiroso lo auparon al poder cuando nadie daba un duro por aquel leonés balbuciente y transitorio. Hoy nadie pone en duda que su paso por el poder está siendo y será decisivo para España. En torno a estas dos tragedias, como una tela de araña, toda una red de teorías conspiranoicas, a cual más pintoresca, cubre de misterio y fantasía tanto la salida del poder de Kennedy por la expeditiva vía del magnicidio como la llegada al poder de Zapatero por la necesidad imperiosa de cambio sentida por un país conmocionado por la muerte de 192 compatriotas e irritado por la ineptitud y la chulería del Gobierno de Aznar. Por cierto, que esos periodistas patrios que andan estos días mareando a la gente con sus disparatadas teorías conspiranoicas nos recuerdan, inevitablemente, aquella escena memorable de Annie Hall en la que un desatado Alvy Singer aburre hasta la exasperación a su joven amante, tendida en la cama, perorando sobre miles y miles de hipótesis en torno al asesinato de Kennedy, de las que no se salvan ni los responsables de los urinarios de la Casa Blanca.

 

Afortunadamente, en este paralelismo JFK/ZP no hallamos un Lee Harvey Oswald cenceño y como imaginado por Cela que dé a nuestra tesis un elemento más de apoyo, pero Santiago Carrillo, hombre de paz y de reconciliaciones, dice que en España hay toda una incitación al asesinato del Presidente y, en noches de afilada luna, torquemadas con micrófono hallan divertimento en ponderarnos los magnicidios todos que en la Historia han sido. Que Dios les depare largos sufrimientos y que proteja a nuestro Presidente de este país cainita. 

 

 

 

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